LA SANTA MÁS GRANDE DE LOS TIEMPOS MODERNOS

Entrevista con el cardenal Danneels sobre Teresa de Lisieux y su caminito.(Extracto)

Esto es, sobre el dogma de la absoluta necesidad de la gracia.

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"Me pregunto qué podrá escribir nuestra superiora sobre Teresa del Niño Jesús cuando ésta se muera. ¿Qué quieren que se diga de una persona que siempre fue acariciada, y que no adquirió la virtud como nosotras al precio de luchas y sufrimientos?".

Con ocasión del paso de los restos mortales de Teresa por Bélgica en 1996, El cardenal Goldfried Danneels empezaba su Carta Pastoral mencionando este comentario de una religiosa del convento de Lisieux poco tiempo antes de la muerte de la santa. Y señalaba que aquello que esa religiosa consideraba como prueba de lo insignificante que había sido el camino de Teresa, constituyó en realidad el secreto de la joven hija de Normandía, a la que Pío XI indicaría como la santa más grande de los tiempos modernos.

Impresionados por la Carta Pastoral, quisimos entrevistar al cardenal.

 

Eminencia, quisiera empezar preguntándole por qué Pío XI proclamó a Teresa, que murió a los veinticuatro años sin haber salido nunca de su convento, patrona de las misiones.

Quiso mostrar al mundo cuál es la verdadera fuente y la verdadera naturaleza de la misión. Las misiones y la evangelización son para muchos una cuestión de propaganda, de publicidad, igual que todos aquellos que quieren difundir ideas, o una doctrina. Si el cristianismo, si el Evangelio fuese esto - una ideología - o bien, si fuese una buena palabra, como quien dice, o un buen consejo para la vida de los hombres, lo que habría que hacer sería, justamente, utilizar los medios culturales más aptos y las técnicas más apropiadas.

Pero el cristianismo no es esto. Es la transmisión de una vida nueva, que no depende de las técnicas de persuasión. El cristianismo se comunica cuando esa vida nueva pasa de una persona a otra persona. Es una generación orgánica, corporal, somática. Evangelizar es transmitir la vida, no transmitir palabras. Las palabras pueden ser útiles, pero para hacer nacer a alguien hacen falta personas vivientes. La evangelización verdadera es el fruto de la santidad. No puede ser el fruto de ninguna técnica, de ninguna teología, de ningún libro, de ninguna tradición consolidada.

 

El año pasado, en nuestra revista mensual 30 DIAS, hemos propuesto el siguiente eslogan: "Misión, la obra de un Otro".

Sí, porque quien comunica esta vida de persona a persona es Otro, Otro que vive y, por ende, actúa. Se lo reconoce vivo y presente precisamente porque actúa. Es la Fuerza de lo Alto, es el Espíritu de Jesús resucitado quien opera en nosotros y, operando en nosotros, se difunde en el ambiente circunstante. Por eso, también la dinámica de esta difusión es distinta.

Existen tres modos para incidir sobre los demás y sobre el ambiente. El primero es golpear. Por ejemplo, tomo un martillo y con eso provoco en el otro un dolor, y un temor. Otro modo es usar los instrumentos técnicos de persuasión y adoctrinamiento, tales como la palabra y los mass media. Pero hay un tercer modo de incidir sobre el ambiente que nos rodea, algo así como lo que hace una estufa. La estufa no dice nada, no abre boca, no cambia de lugar, sino que, simplemente, sigue allí, dando calor, y todos se acercan, se ponen alrededor de ella, porque quieren disfrutar su calor.

La verdadera evangelización se da un poco de ese modo, se da como una irradiación, que es - en primera instancia - una manifestación en el orden del ser, no del actuar. El actuar, en efecto, viene del ser y lo manifiesta. No es un esfuerzo ulterior, sino la manifestación de la presencia del Señor que actúa en nosotros y, a través de nosotros, alcanza a los demás. Sólo se evangeliza si es por ósmosis.

En la Iglesia de hoy, el llamado a la evangelización no falta. Todo lo contrario. Pero de hecho coincide con la elaboración de proyectos y con la realización de iniciativas que mantienen "auto-ocupados" a los pocos fieles que han quedado. Estos, a la larga, se van agotando, hasta perder, una que otra vez, el contacto con el mundo real. ¿Qué puede decir sobre este punto Teresa de Lisieux a la Iglesia de hoy y en particular a los Pastores?

Teresa no tenía ningún proyecto, ninguna organización, ninguna técnica. Ningún truco. No se ha esforzado de inventarse cosas nuevas o distintas a las que estaban vinculadas con las condiciones en las que el Señor la había puesto. Estaba relegada como monja en el Carmelo de Lisieux, donde había ingresado a los quince años y donde se quedó hasta los veinticinco, cuando murió. No hizo otra cosa que rezar y obedecer. De este modo ha dado testimonio de que la fuente de la misión es la comunión de los santos, no los libros ni los esfuerzos humanos. Se es misionero si se hace experiencia de la comunión de los santos, no si se cree y se participa en una organización mundial para difundir ideas...

Nunca estaremos en condición de competir con el dominio de los mass media. Pero, sobre todo, eso sería traicionar el modo con que el Misterio ha elegido manifestarse. Si el Señor hubiese pensado que la evangelización era una cuestión de medios técnicos de comunicación, habría esperado venir a la tierra en la era de Internet. Así, el sermón de la montaña le habría llegado a todo el mundo en la misma noche, incluso a Australia. En cambio, ha decidido venir a le tierra dos mil años atrás, cuando no existían los medios de comunicación de hoy.

Se ha consignado al brotar humilde de aquella realidad humana que ha prendido en ese preciso lugar, por las calles de Palestina, para luego transmitirse en el tiempo al mundo entero. La Iglesia no nace como una casa, que se construye con el arquitecto y la empresa constructora. La Iglesia es un organismo viviente que nace de una semilla y crece lentamente, pacientemente, por su propia fuerza, porque el sol y el agua lo hacen crecer, y no por nuestros esfuerzos. Después se podrán usar todos los instrumentos posibles e imaginables - yo no estoy en contra - pero son cosas del todo secundarias.

 

Volviendo a Teresa, también en su tiempo existía en la Iglesia una tendencia muy fuerte que admitía, por principio, la gracia, pero luego pensaba que todo prácticamente depende del esfuerzo del hombre, quien con su compromiso y especialmente con su sacrificio merece el favor de Dios.

A fines del siglo XIX, quedaban todavía huellas muy fuertes del jansenismo, con su Dios rígido y severo. En el clima que se respiraba, la vida cristiana era sobre todo una cuestión de combate ascético. La virtud esencial del buen cristiano era una voluntad de hierro para aplicar al pie de la letra las enseñanzas y merecer así la gracia divina. Por lo cual, es un milagro ulterior el hecho de que, en un tiempo así, con todo el contexto cultural dominante en la Iglesia que jugaba en contra, haya brotado la santidad de Teresa de Lisieux, en la que todo es debido a lo que Dios realiza en ella, y no a lo que ella hubiera podido aportar por sí misma.

En las últimas páginas de su Historia de un alma, Teresa escribe: "En el atardecer de mi vida, iré a Vos con las manos vacías, pues no os pido contar mis obras... todas nuestras justicias son manchas a vuestros ojos". El secreto de la santidad de Teresa es que viene enteramente de Dios. De Él ella lo espera todo. Al final de su vida, ella se encontrará ante el trono de Dios con las manos vacías, y se revestirá de la santidad misma de Dios.

Pero quisiera agregar que en tiempos de Teresa, como también en los nuestros, la tendencia dominante que acompaña a la Iglesia sigue siendo lo que antiguamente se llamaba pelagianismo. Sencillamente, consiste en creer que hacer es más seguro que recibir, que podemos actuar solos. Luego viene el semi-pelagianismo, esto es, la actitud de aquellos que dicen: Todo lo podemos hacer solos, Señor; nada más que para los últimos metros de nuestra carrera necesitamos de tu parte una pequeña ayuda, un pequeño empuje...

Todo esto realmente es anticristiano y antievangélico. Y el verdadero drama de la Iglesia hoy está ahí: en la negación (práctica) del dogma de la absoluta necesidad de la gracia. Haría falta un san Agustín, con alguna corrección. Ha sido él quien ha salvado a la Iglesia de la gran tentación de negar prácticamente la afirmación de Jesús: "Sin mí no pueden hacer nada".

 

¿Qué reacciones tuvo Teresa ante este clima cultural dominante?

Lo sufrió de varias maneras. Durante los años del Carmelo, los retiros espirituales predicados por predicadores que insisten sobre el voluntarioso y sobre el miedo al infierno, son para ella semanas de calvario. Durante las oraciones, se duerme. No siente ningún atractivo por las penitencias. Y esto, en principio, la tiene angustiada.

También Teresa, en su breve vida, pasa un largo tiempo marcado por el escrúpulo. Intenta ser fiel en todo, hasta el mínimo detalle, pero no puede. Querría imitar a los santos con su heroísmo espirituales, y choca continuamente con el límite de sus propias debilidades. Es la experiencia que a menudo les toca a las almas generosas que quieren donarse a Dios con ardor. Quieren hacerlo todo por Dios, consagrarse hasta el fondo para merecer su amor, y este esfuerzo de perfección, que pone la santidad como fin de la aplicación de su buena voluntad, fracasa. Porque en la condición histórica marcada por el pecado original en que el hombre vive, también los esfuerzos positivos y las buenas intenciones están afectadas, a la larga decaen, de tal manera que insistir con ellas puede llevar a la autodestrucción... Entonces, o bien uno se agota, se vacía, y abandona el intento inicial, o bien se empecina más y más, y termina como un actor, "actuando". Es la hipocresía típica del fariseo, quien exteriormente observa la ley, mientras la fractura entre las apariencias y el corazón se hace cada vez más ancho.

¿Cómo se salva Teresa de todo esto?

Sencillamente, suceden en su vida hechos que le hacen percibir la verdad de lo que san Juan escribe en su primera carta: no somos nosotros quienes amamos a Dios, sino que Dios nos ha amado cuando nosotros ni pensábamos en ello, y éramos todavía pecadores.

Al empezar su diario espiritual, Historia de un alma, Teresa abre en su celda el evangelio y da en Mc 3,13: "Jesús salió a la montaña y llamó consigo a los que quiso. Y éstos se fueron con Él". "He aquí el misterio de mi vocación y de toda mi vida - explica enseguida Teresa - y particularmente el misterio de los privilegios de Jesús en mi alma. Jesús llama no a los que son dignos, sino a aquellos que Él quiere, o, como dice san Pablo, ‘Dios tiene piedad y usa misericordia con aquellos que Él quiere, de tal manera que no es obra del que corre o del que se compromete, sino de Dios que usa misericordia’ (Cfr. Rm 9, 15-16)".

Es una revolución copernicana: en el centro no estamos más nosotros con nuestro amor, con nuestro esfuerzo para ser dignos, con nuestra oración y penitencia para conseguir méritos, sino la obra de predilección de un Otro, que puede elegir amarnos así como somos, con todos nuestros pecados y nuestros límites. Él es quien nos previene, quien nos ama primero.

Escribe Albert Camus: "No es a través de los escrúpulos como el hombre llegará a ser grande. La grandeza viene por gracia de Dios, como un hermoso día". Es aquí donde se abre aquello que Teresa llama su "caminito"...

Teresa tiene un secreto para confiarnos: "Yo tengo algo para todos los gustos, no exclusivamente para aquellos que buscan caminos excepcionales". A la santidad no se llega por duros caminos ascéticos donde podamos hacernos dignos de la gracia divina por nosotros mismos. Cien veces más fácil y más rápido, es encontrar un atajo, o, mejor, hacerse llevar por alguien. Teresa tiene imágenes bellísimas al respecto: su ascensor - que la hace subir - son los brazos mismos de Jesús. O bien, Él es quien la tiene sobre sus rodillas, lo mismo que hace una mamá con su pequeño.

Ser pequeños - y el hecho de no agitarse en vano, el hecho de estar frente a la realidad sin inventarse caminos de perfección - no es un impedimento, sino que es una ventaja. Es una chance más, que nos permite enternecer a Jesús y hacernos llevar por Él así como somos.

Teresa no es la santa fuerte e invencible. Desde el punto de vista sociológico, habría podido llegar a ser una modista cualquiera en algún atelier de París. Si no que es la prueba viviente de que el Señor elige a quien quiere, hace prodigios en quienes Él quiere, y cuando elige a los pequeños es a fin de que aparezca aún más que Él es quien actúa.

Escribe Teresa al finalizar su diario: "Realmente, estoy bien lejos de ser santa. Prueba de esto es el hecho de que, en vez que alegrarme de mi aridez, debería atribuirla a mi poco fervor, a mi escasa fidelidad, debería sentirme desolada porque me duermo (desde hace siete años) durante mis oraciones y mis acciones de gracia; pues bien, no me angustio por eso; pienso que los niños pequeños les gustan a sus padres cuando duermen como cuando están despiertos; pienso que a la hora de operar a los enfermos los médicos los duermen; en fin, pienso que "El Señor ve nuestra fragilidad y recuerda que somos polvo".

Es este otro gran milagro de Teresa: "Es a causa de mi petitesse - dice - que el Señor me ha amado, no a causa de mis méritos". Es un milagro en la historia de la espiritualidad, dado que si había una que habría podido sucumbir a la tentación de ser perfecta - porque en comparación con nosotros realmente era perfecta - y a la soberbia espiritual, era ella. Y en cambio ha tomado la dirección opuesta: se ha sentido amada por su pequeñez, no por su humana perfección.

Pero ¿cómo se da esta revolución copernicana que abre al descubrimiento del "caminito"? ¿Se trata de una iluminación interior?

No es una mera iluminación interior, o una toma de consciencia intelectual. Es el efecto de hechos de gracia que acontecen gratuitamente en su vida, y que Teresa reconoce. Toda su corta existencia está entretejida de esta "crónica de la gracia", como diría Charles Peguy: una crónica de hechos, de rostros, de fechas y lugares concretos. El diario espiritual de Teresa no es otra cosa sino el relato de esa crónica, de esa cadena de intervenciones de la gracia en los hechos concretos de la vida.

 

¿Puede hacer algunos ejemplos?

En los primeros años de su vida, el amor y el cariño que recibe de sus padres y hermanas - aún dentro de sus límites humanos y sus debilidades - son la primera experiencia de la predilección gratuita del Misterio para con ella.

Luego, vienen fechas que Teresa registra como verdaderos hitos, como inicios, nuevos inicios. Por ejemplo, el 10 de mayo de 1883 - día de la "sonrisa de la Virgen" - está la curación de Teresa de una grave enfermedad gracias a la intercesión de la Virgen. Otro nuevo inicio es Navidad de 1886, cuando ella percibe la acción de Jesús cambiándole su corazón, liberándola por siempre, y de modo repentino, del período más infeliz de su vida, que había empezado con la muerte de la madre, cuando ella tenía cuatro años. Otra fecha que ilumina su vida, es aquella oración de intercesión dirigida a sus cuatro hermanitos muertos. Hay en ella una percepción física de la intervención en su vida de quienes se encuentran ya en el Paraíso. Asimismo, el dar en determinadas lecturas de la Sagrada Escritura, como las que cité de Marcos y Pablo, es para ella como la mano de Dios que toca la tierra de su vida. Inclusive, su sensibilidad sabe captar indicios también en los episodios de cada día. Cuando niña todavía, mientras se está paseando de noche con su padre, quien le enseña en el cielo estrellado la constelación de Orión dibujando algo así como una T, ella concluye que también su nombre está escrito desde siempre en el cielo.

Parece que, en el "caminito", hechos contingentes, circunstancias banales dentro de lo cotidiano, asuman un valor absoluto. ¿No es esto una cosa sentimental, para niños?

Sin embargo, en la experiencia de esta muchachita se renueva todo el más grande tesoro de la santidad cristiana. El mismo que testimonian Pablo, Agustín, Bernardo. Es la gratuidad de la fe, de la gracia de Jesucristo. Teresa, con su "crónica de la gracia, atestigua que esta gracia es siempre necesaria, porque cada paso en adelante en el camino, cada nuevo inicio del estupor que nos conmueve, tan sólo puede ser, nuevamente, un hecho de gracia.

De lo que se trata, no es simplemente tomar inspiración de Jesús como de un modelo, para luego actuar solos, después de recibir el empuje inicial. La gracia no es solamente una luz en nuestro camino, o un libro a consultar para ver el camino que debemos tomar. Esta era la idea de los pelagianos. Para ellos, la gracia es mera iluminación, una lámpara, una ayuda de luz para no errar el camino. Pero después nosotros somos los que caminamos. En cambio, la gracia es una fuerza que nos hace proceder, necesaria para dar cada paso en el camino.

Es como cuando, la noche, agarro mi auto. Subo, prendo las luces, veo muy bien delante de mí, pero no avanzo ni un metro. Tan sólo cuando se prende el motor, entonces hay una fuerza que hace que el auto camine. Esto es la gracia: son los faroles que iluminan la ruta - de otra manera me iría a chocar contra los árboles - pero juntamente es el motor que hace caminar.

Y quien es llevado por la gracia, ¿no hace nada?

Todo lo contrario. Hace muchísimo. Se deja hacer. Y esta actividad pasiva de decir que sí sin condiciones, no es otra cosa sino el fiat de María, al que le debemos todo. Es en ese fiat que la humanidad ha alcanzado el grado más alto de colaboración y de acción. Y no es que se trabaje menos. Es que se trabaja diversamente. No se trabaja más por Dios, o para ganar su favor. Se hace el trabajo de Dios. La obra que Dios cumple. Es otra cosa, completamente distinta.

Sin embargo, se habla mucho hoy del sacrificio y el sufrimiento como aquellos que nos consiguen y hacen crecer la fe. De la fe y la santidad como un premio que se gana a través del sacrificio. También Teresa habla a menudo del sufrimiento, y buena parte de su vida está marcada por ella.

Teresa jamás ha deseado el sufrimiento por el sufrimiento. Sería signo de orgullo, la afirmación de uno mismo. Sería como decir: yo sufro, por consiguiente soy digno. Existen personas religiosas que piensan así: sufro y me sacrifico, entonces por mi sufrimiento merezco loa gracia de Dios.

La tentación para el hombre religioso y generoso es de pensar poder agregar algo - desde sí mismo - a Jesús y al sufrimiento de Jesús, negando prácticamente, de este modo, la autosuficiencia de la cruz de Jesús. La tentación de considerarse importantes porque se sufre por Cristo, es un orgullo escondido, sutil y peligroso.

Teresa no conoció nunca este dolorismo en el que también su época estaba sumergida. Se extraña, por lo contrario, de que una hermana diga que desea sufrir más por Jesús. Para ella, se trata más bien de una participación muy humilde al sufrimiento de Cristo. Participación que se da de modo misterioso, sin comprender completamente de que se trate, porque nadie puede explicar en términos contables por qué Jesús ha sufrido. Incluso cuando es evidente, a los ojos del mundo, que se sufre por Jesucristo, como en el caso de los mártires, este sufrimiento es un don que Cristo me ofrece, no algo que me asumo solo. Es preciso ser elegido por Jesucristo, para poder sufrir con Él. Es una gracia, no una actuación del hombre.

En la vida de Teresa se da también una experiencia de sufrimiento como aridez, como lejanía del Señor...

Dado que depende totalmente de la acción de gracia de Jesucristo en el momento presente, Teresa sufre y viene a menos cuando esta acción no es evidente a sus ojos, cuando no se manifiesta sensiblemente. Pero entonces ella no va en busca de sucedáneos, no censura, no sublima nada.

Es que hoy, dentro y fuera de la Iglesia, parece que antes que nada sea importante la ética. Así, la denuncia, por ejemplo, de la inmoralidad pública, se torna el aspecto fundamental de la misión de los cristianos. ¿Qué nos puede enseñar Teresa al respecto?

Es parte de la misión libertadora anunciar al pecador la remisión de los pecados. Y en la vida de Teresa, esta identificación con el pecador es realmente misionera. Ella, que con toda probabilidad no ha cometido ningún pecado mortal, se sienta en la mesa de los pecadores, siente una connaturalidad total con ellos. Siente una familiaridad con su miseria física y moral. No ve mucha diferencia entre ella y el buen ladrón, o María Magdalena. Se siente como alguien de la raza de ellos. Y esto por la simple razón de que sabe perfectamente que precisamente en el hecho de no haber cometido pecados mortales ella no tiene ningún mérito.

"El Señor no me ha expuesto a la tentación - dice - únicamente porque sabía que yo era demasiado frágil y no podría resistir. Sin Él, yo habría caído mucho más que María Magdalena. Al pecador, Dios le remite los pecados después de que éste los ha cometido. A mí me los ha remitido de antemano, antes que los cometiera".

La gracia misericordiosa de Dios que a ella la ha preservado de las ocasiones de pecado, es la misma que remite los pecados a quien se cae. Es más: "Sé - dice - que a mí me ha perdonado más que a María Magdalena, porque me ha perdonado con anticipación, no permitiendo que yo cayera".

Hasta se permite tomar como ejemplo al asesino crucificado con Jesús: quiero ser como el buen ladrón, escribe en una carta, quien no merece la gracia, sino que la roba...

Sí, es una página bellísima. Escribe: "Mis protectores en el cielo, mis preferidos, son aquellos que la han robado, como los santos inocentes y el buen ladrón. Los grandes santos se la ganaron con sus obras, mientras que yo quiero imitar a los ladrones, quiero conseguirla con la astucia, una astucia de amor, la que me abrirá la puerta a mí y a los pobres pecadores. El Espíritu Santo es el que me alienta, porque dice en el Libro de los Proverbios: Tú que eres muy pequeño, aprende de mí la astucia (Pr 1,4)".

Efectivamente, cabría hacer entrar en el calendario litúrgico de la Iglesia la fiesta del buen ladrón. Es el primer santo. De hecho, en las Iglesias de Oriente, existe la fiesta del buen ladrón. Y existe también como fiesta particular de la diócesis de París.

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