LITERATURA ARGENTINA    

                 

 

 

 

La misteriosa y móvil mar conmueve

su torso de ira, relumbrante red,

y rebramando el fondo sordo, al leve,

prístino, ingenuo azul del cielo ve...

 

Como imbricado de guirnalda breve

parece el mar lejano... Pero ¡qué!

¿no hay un ansia divina que le lleve

donde una piedra esté?

 

Sí; y en desesperado anhelo llega

y despedaza su cabeza ciega,

rompe sus brazos de pasión perenne...

 

Sé de otro anhelo así desesperado,

así ciego, así eterno y desgarrado.

¡contra inmutable piedra un mar solemne!

81.

En verdad, senda suave, soy tu hormiga,

y, mieses rumorosas, vuestro grano;

asno del leñador, soy tu fatiga,

y astro admirable, tu admirado hermano.

 

Inevitable Hora, soy camino

de tu pie inevitable de fantasma,

y para ti, Pasión, soy polvo fino

que trémula tu mano loca plasma.

 

De todo lo que amo soy un poco,

y el espíritu en éxtasis confundo

con todo lo que miro y lo que toco.

 

Sólo de un ser estoy siempre lejano,

inarmonioso... Y me pregunto en vano

si en verdad ese ser es de este mundo.

82.

La firme juventud del verso mío,

como hoy te habla te hablará mañana.

Pas la bella edad, pero confío

a la estrofa tu bella edad lejana.

 

Y cuando la vejez tranquila y fría

del color virginal te haga una aureola,

no sabrá tu vejez mi estrofa sola,

y te hablará cual pude hablarte un día.

 

Y cuando pierdas la belleza, aquella

adolescente, el verso en que te llamo,

te seguirá diciendo que eres bella.

 

Cuando seas ceniza, amada mía,

mi verso todavía, todavía

te dirá que te amo.

83.

Contempla, vida, el daño que me has hecho,

como mirara el viento, -si pupilas

brillaran en sus alas intranquilas-,

la terraza de flores que ha deshecho.

 

¿Acaso piensas que es hazaña noble

encorvar la altivez en carne humana?

Es más fuerte que yo la flor temprana.

Firme monte no soy, ni viejo roble.

 

Mi larga humillación no me avergüenza,

ya que es honor que a diario me levanta

luchar contigo, aunque jamás te venza;

 

y tu rencor un verdadero signo

de que algo soy, puesto que clavas tanta

saeta de oro en este flanco indigno.

84.

Vuelve la vagabunda luna al cielo,

vuelve a la rama la temprana flor,

al dolorido ser vuelve el consuelo

y del consuelo en pos vuelve el dolor.

 

Vuelve la nave de latina vela

al puerto en que dejó un mentido adiós,

vuelve el Recuerdo al cementerio y vela

lo que ha sido mirada, beso y voz...

 

Pero no vuelve el día en que te he visto

por la primera vez, ni vuelve el día

en que te pude hablar y no te hablé;

 

pero no vuelve al pecho que contristo

el mal que daba vida cuando hería,

ni el tiempo de esperar lo que esperé.

85. 

Manos arbitradoras de destino,

que ahora entrelacé sobre mi pecho

como es de arrepentidos el derecho,

sobre vosotras la mirada inclino.

 

Nunca os había visto, manos mías,

con tanta senectud que me previene

que es fuerza apresurar –la noche viene-

la corona que hacéis todos los días.

 

Pocas cosas os quedan ya que hacer

en la tierra alumbrada de la luna,

pocas cosas os quedan ya que hacer...

 

Quizás conduzcan de otro ser la suerte

de paso frágil a mejor fortuna;

y quién sabe si no me darán muerte.

86.

¡Cuánto escribí!... Y sin embargo nada

ha dicho un poco, un poco de mi ser;

¡cuánto he deseado! y vedme: ¿qué deseada

cosa llegué a tener?

 

¡Cuánto lloré! mas ¿qué misterio es ese

que yo he sentido y para qué no sé?

Porque lo mismo estoy cual si no hubiese

llorado nunca. ¿Para qué lloré?...

 

¡Oh, noche! apaga como a un cirio mi alma.

No me dejes pensar, soñar, sentir,

no me digas que quise.

 

¡Oh, noche! envuelve con tu dulce calma

tanta inutilidad, tanto vivir

en vano, y lo que soy y lo hice... 

  87.

Cuerpo, que vas hollando las violetas

de las cosas humildes y secretas

y sintiendo con una despedida

el perfume del árbol de la vida,

 

sereno vas con la ambición quebrada,

sereno vas... ¡y cuánta cosa ansiada

que ya no ansías! y por eso amigo

mío, me das consuelo y te bendigo.

 

¡Oh, cuerpo mío, casa silenciosa,

donde la vida pasa, silenciosa

como un leve suspiro!

 

¡oh, templo de penumbra y de plegaria

noble mansión de un alma solitaria,

como a un castillo en el confín te miro!

88.

Con el casco opulento alta la testa

recta y firme, el mirar como soñado,

sobre extendida garra la otra puesta

y ola de hierro el cuerpo recostado;

 

por su actitud de contenido empuje

e inmóvil en su estampa soberana,

¡cómo impone el león!... Si a veces ruge

como un metal resuena la mañana.

 

¡Oh, prisionero! ruges... Mas graciosa

llega la dama del vestido rosa,

que a tu cabeza que se humilla asusta

 

bajo el pompón de seda de su fusta...

Pues tampoco tu fuerza es un amparo

contra la dama del vestido claro.

89.

¿De dónde vienen, de qué inaccesible

templo, de qué país maravilloso,

las sombras que nos dan un imposible

beso en el sueño vago y silencioso?

 

¿Las coronas que en sueños nos coronan,

las flores que llevamos, mas dormidos,

y las mujeres blancas que abandonan

nuestros febriles brazos extendidos?

 

¿Quiénes están soñando con nosotros

cuando soñamos? ¿quiénes son los otros

seres que no veremos ni hemos visto?

 

¿Y qué piedad desconocida quiere

que me vengas a hablar y que te espere

cuando apenas si existo? 

90.

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