| La misteriosa y móvil mar
conmueve su torso de ira,
relumbrante red,
y rebramando el fondo
sordo, al leve,
prístino, ingenuo azul del
cielo ve...
Como imbricado de guirnalda
breve
parece el mar lejano...
Pero ¡qué!
¿no hay un ansia divina
que le lleve
donde una piedra esté?
Sí; y en desesperado
anhelo llega
y despedaza su cabeza
ciega,
rompe sus brazos de pasión
perenne...
Sé de otro anhelo así
desesperado,
así ciego, así eterno y
desgarrado.
¡contra inmutable piedra
un mar solemne!
En verdad, senda suave, soy
tu hormiga,
y, mieses rumorosas,
vuestro grano;
asno del leñador, soy tu
fatiga,
y astro admirable, tu
admirado hermano.
Inevitable Hora, soy camino
de tu pie inevitable de
fantasma,
y para ti, Pasión, soy
polvo fino
que trémula tu mano loca
plasma.
De todo lo que amo soy un
poco,
y el espíritu en éxtasis
confundo
con todo lo que miro y lo
que toco.
Sólo de un ser estoy
siempre lejano,
inarmonioso... Y me
pregunto en vano
si en verdad ese ser es de
este mundo.
La firme juventud del verso
mío,
como hoy te habla te
hablará mañana.
Pas la bella edad, pero
confío
a la estrofa tu bella edad
lejana.
Y cuando la vejez tranquila
y fría
del color virginal te haga
una aureola,
no sabrá tu vejez mi
estrofa sola,
y te hablará cual pude
hablarte un día.
Y cuando pierdas la
belleza, aquella
adolescente, el verso en
que te llamo,
te seguirá diciendo que
eres bella.
Cuando seas ceniza, amada
mía,
mi verso todavía, todavía
te dirá que te amo.
Contempla, vida, el daño
que me has hecho,
como mirara el viento, -si
pupilas
brillaran en sus alas
intranquilas-,
la terraza de flores que ha
deshecho.
¿Acaso piensas que es
hazaña noble
encorvar la altivez en
carne humana?
Es más fuerte que yo la
flor temprana.
Firme monte no soy, ni
viejo roble.
Mi larga humillación no me
avergüenza,
ya que es honor que a
diario me levanta
luchar contigo, aunque
jamás te venza;
y tu rencor un verdadero
signo
de que algo soy, puesto que
clavas tanta
saeta de oro en este flanco
indigno.
Vuelve la vagabunda luna al
cielo,
vuelve a la rama la
temprana flor,
al dolorido ser vuelve el
consuelo
y del consuelo en pos
vuelve el dolor.
Vuelve la nave de latina
vela
al puerto en que dejó un
mentido adiós,
vuelve el Recuerdo al
cementerio y vela
lo que ha sido mirada, beso
y voz...
Pero no vuelve el día en
que te he visto
por la primera vez, ni
vuelve el día
en que te pude hablar y no
te hablé;
pero no vuelve al pecho que
contristo
el mal que daba vida cuando
hería,
ni el tiempo de esperar lo
que esperé.
Manos arbitradoras de
destino,
que ahora entrelacé sobre
mi pecho
como es de arrepentidos el
derecho,
sobre vosotras la mirada
inclino.
Nunca os había visto,
manos mías,
con tanta senectud que me
previene
que es fuerza apresurar
la noche viene-
la corona que hacéis todos
los días.
Pocas cosas os quedan ya
que hacer
en la tierra alumbrada de
la luna,
pocas cosas os quedan ya
que hacer...
Quizás conduzcan de otro
ser la suerte
de paso frágil a mejor
fortuna;
y quién sabe si no me
darán muerte.
¡Cuánto escribí!... Y
sin embargo nada
ha dicho un poco, un poco
de mi ser;
¡cuánto he deseado! y
vedme: ¿qué deseada
cosa llegué a tener?
¡Cuánto lloré! mas
¿qué misterio es ese
que yo he sentido y para
qué no sé?
Porque lo mismo estoy cual
si no hubiese
llorado nunca. ¿Para qué
lloré?...
¡Oh, noche! apaga como a
un cirio mi alma.
No me dejes pensar, soñar,
sentir,
no me digas que quise.
¡Oh, noche! envuelve con
tu dulce calma
tanta inutilidad, tanto
vivir
en vano, y lo que soy y lo
hice...
Cuerpo, que vas hollando
las violetas
de las cosas humildes y
secretas
y sintiendo con una
despedida
el perfume del árbol de la
vida,
sereno vas con la ambición
quebrada,
sereno vas... ¡y cuánta
cosa ansiada
que ya no ansías! y por
eso amigo
mío, me das consuelo y te
bendigo.
¡Oh, cuerpo mío, casa
silenciosa,
donde la vida pasa,
silenciosa
como un leve suspiro!
¡oh, templo de penumbra y
de plegaria
noble mansión de un alma
solitaria,
como a un castillo en el
confín te miro!
Con el casco opulento alta
la testa
recta y firme, el mirar
como soñado,
sobre extendida garra la
otra puesta
y ola de hierro el cuerpo
recostado;
por su actitud de contenido
empuje
e inmóvil en su estampa
soberana,
¡cómo impone el león!...
Si a veces ruge
como un metal resuena la
mañana.
¡Oh, prisionero! ruges...
Mas graciosa
llega la dama del vestido
rosa,
que a tu cabeza que se
humilla asusta
bajo el pompón de seda de
su fusta...
Pues tampoco tu fuerza es
un amparo
contra la dama del vestido
claro.
¿De dónde vienen, de qué
inaccesible
templo, de qué país
maravilloso,
las sombras que nos dan un
imposible
beso en el sueño vago y
silencioso?
¿Las coronas que en
sueños nos coronan,
las flores que llevamos,
mas dormidos,
y las mujeres blancas que
abandonan
nuestros febriles brazos
extendidos?
¿Quiénes están soñando
con nosotros
cuando soñamos? ¿quiénes
son los otros
seres que no veremos ni
hemos visto?
¿Y qué piedad desconocida
quiere
que me vengas a hablar y
que te espere
cuando apenas si existo?
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