LITERATURA ARGENTINA    

                

 

 

 

Si yo nací para más alta empresa

que arrojar el honor de mis deseos

a los ligeros pies de una belleza,

como se echaba el guante en los torneos,

 

me avergüenza mirarme en este instante

aperezado en la amorosa idea,

y mientras el espíritu oscilante,

sin sufrir por los otros, nada crea.

 

Pero si yo nací para ir siguiendo

como en un valle de silencio y calma,

el fuego fatuo que yo mismo enciendo,

 

déjame con la frente pensativa

contemplando en el prado de mi alma

la estela de la llama fugitiva.

71.

Muda está la oración, como suspensa

de secretos que nunca tendrán voz.

¡Lánguida y resignada tarde inmensa,

prolongada de adiós!

 

...Y con una pereza dolorosa

bambolea un ciprés su copa grave

como negando sin cesar... ¿Qué cosa

vale la pena de algo en este suave

 

momento disipado en seda y sueño?...

Muda está la oración y la mirada

muda, la reconoce compañera.

 

Sólo aquí dentro, solitario dueño,

la Memoria de espinas coronada

habla al Silencio y solitaria espera.

72.  

-¿Cuándo te dije mi secreto alado?,

¿cuándo paseaste con tu buen amigo?,

¿cuándo, las frentes juntas, he mirado

loa guirnalda de flor de estar contigo?

 

-Cuando quedó tu lágrima conmigo,

cuando sin verte te sentí a mi lado,

cuando un atardecer nos fue testigo

un lucero en el cielo abandonado...

 

-¡Qué cosas tan lejanas las que dices!:

lloré más... y más tiempo enamorado

contigo fui... salieron más estrellas...

 

-¡Qué cosas tan lejanas las felices!

-¡Si parece que nunca te he encontrado!

-Porque los sueños no dejamos huellas... 

73.

Solitario y doliente en noche clara

y misteriosa, -tú también misterio-,

paseaste en la actitud de quien soñara

las alamedas junto al cementerio.

 

¡Romántico a la antigua! que la moda

trueca la gran corbata acresponada

o el chaleco de pana y acomoda

la melena de intento descuidada:

 

cambia la barba, pero el pecho, ¿cuándo?...

Aunque en fúnebre copa no bebiste,

no por eso te sientes menos triste

 

y aún piensas que es amar llevar sangrando

el deseo de amar; y hosca la frente,

vas solitario, pálido, doliente.

74.

La estival sinfonista en la alameda

muerde al pálido fresno y donde muerde

una incipiente yema el árbol pierde

y en su lugar lágrima de ámbar queda;

 

el leve y devorante fuego deja

aureolando en el cirio un lirio ardiente,

pero quema la cera: arde el presente

cándido y opalino de la abeja.

 

Pareciera que toda cosa bella,

(no digáis de la estrella),

vive sobre algún lloro y hace un mal.

 

¿Qué maravilla, pues, que, siendo hermosa

la que en mis labios es refrán y glosa,

me tenga herido el corazón tan mal? 

75.  

Sonó una campanada lenta y honda

en la tétrica noche, en el acecho

del tiempo. La sentí profunda y honda

cual manos que golpeasen en mi pecho.

 

Y así decía: ¡un año se ha extinguido!...

Oh, alma mía, ¿qué has hecho,

qué has perdido, qué has hecho, qué has perdido,

el año que en tiniebla se ha deshecho?

 

-Un amigo se ha muerto, un libro, acaso

el más bello, no nace; y a tu paso

las columnas de plata se han caído...

 

¡y tampoco este año has dicho nada!

Lloremos, porque cada campanada

con mis lágrimas, ¡otras!, ha venido.

76.  

Viene la aurora que las frondas verdes

con pálido fulgor tímida dora.

Penumbra, el alba rosa te devora

y como un largo tornasol te pierdes.

 

A esperar vuelven todos. No recuerdes

más, no recuerdes más. Esta es la hora

de preparar tu día. ¡Esta es la aurora!

¡Olvida, tú que el alma te remuerdes!

 

Esta noche febril e interminable

en que tanto he nombrado un nombre amado,

¡ay!, me ha dejado más inconsolable

 

porque ninguno contestó al llamado...

¿Quién dice que  ha venido un nuevo día?

La noche me acompaña todavía. 

77.

Cuando en la noche azul me quedo solo,

miro a mi lado para ver si estás...

La noche es dulce y triste y yo estoy solo,

la noche es silenciosa y nada más.

 

Entonces creo natural, ¡y tanto!

que tú estés a mi lado, aquí, a mi lado

-algo tan natural como mi llanto-

y que hablamos, habiéndonos callado...

 

Siento que miran. Dice el pecho: es ella.

Levanto la cortina: es una estrella;

pasa una mano por mi frente, y veo:

 

no es su mano, es la mía...

Y quedo solo en la quietud sombría

de la noche, sin pena y sin deseo.

78.

Feliz vivir el del pastor que lejos

de todos, en la pampa solitaria,

contempla los inmóviles cortejos

de astros sobre la gran mudez agraria.

 

Y oye a la alondra y ve las cortaderas

de empenachada espuma y junco airoso,

y la mirada envía a las praderas

donde albea el rebaño silencioso.

 

Y olvidado y tranquilo, cuando llena

de oro y diamante se abre la mañana,

un día más no hace temblar su fe.

 

Pues no le hiere una secreta pena,

ni le cautiva una esperanza vana,

que en nada espera porque a nadie ve.

79.

La longeva y oculta madreperla

cuando se hiere el blanco seno, vuelve

del sueño estéril y la herida envuelve

con su irisada lágrima, la perla.

 

Hay quien de su dolor se hace una joya;

y lo sé, porque canto lo que pierdo.

Sobre la misma herida del recuerdo

la mano del artífice se apoya.

 

La madreperla, solitaria afina

el oriente del nácar escondido,

como el amor en soledad sentido

 

de más clara pureza se ilumina,

y el silencioso tiempo lo engrandece,

como a la perla que en los años crece.  

80.

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