| Si yo nací para más alta
empresa que arrojar el honor de mis
deseos
a los ligeros pies de una
belleza,
como se echaba el guante en
los torneos,
me avergüenza mirarme en
este instante
aperezado en la amorosa
idea,
y mientras el espíritu
oscilante,
sin sufrir por los otros,
nada crea.
Pero si yo nací para ir
siguiendo
como en un valle de
silencio y calma,
el fuego fatuo que yo mismo
enciendo,
déjame con la frente
pensativa
contemplando en el prado de
mi alma
la estela de la llama
fugitiva.
Muda está la oración,
como suspensa
de secretos que nunca
tendrán voz.
¡Lánguida y resignada
tarde inmensa,
prolongada de adiós!
...Y con una pereza
dolorosa
bambolea un ciprés su copa
grave
como negando sin cesar...
¿Qué cosa
vale la pena de algo en
este suave
momento disipado en seda y
sueño?...
Muda está la oración y la
mirada
muda, la reconoce
compañera.
Sólo aquí dentro,
solitario dueño,
la Memoria de espinas
coronada
habla al Silencio y
solitaria espera.
-¿Cuándo te dije mi
secreto alado?,
¿cuándo paseaste con tu
buen amigo?,
¿cuándo, las frentes
juntas, he mirado
loa guirnalda de flor de
estar contigo?
-Cuando quedó tu lágrima
conmigo,
cuando sin verte te sentí
a mi lado,
cuando un atardecer nos fue
testigo
un lucero en el cielo
abandonado...
-¡Qué cosas tan lejanas
las que dices!:
lloré más... y más
tiempo enamorado
contigo fui... salieron
más estrellas...
-¡Qué cosas tan lejanas
las felices!
-¡Si parece que nunca te
he encontrado!
-Porque los sueños no
dejamos huellas...
Solitario y doliente en
noche clara
y misteriosa, -tú también
misterio-,
paseaste en la actitud de
quien soñara
las alamedas junto al
cementerio.
¡Romántico a la antigua!
que la moda
trueca la gran corbata
acresponada
o el chaleco de pana y
acomoda
la melena de intento
descuidada:
cambia la barba, pero el
pecho, ¿cuándo?...
Aunque en fúnebre copa no
bebiste,
no por eso te sientes menos
triste
y aún piensas que es amar
llevar sangrando
el deseo de amar; y hosca
la frente,
vas solitario, pálido,
doliente.
La estival sinfonista en la
alameda
muerde al pálido fresno y
donde muerde
una incipiente yema el
árbol pierde
y en su lugar lágrima de
ámbar queda;
el leve y devorante fuego
deja
aureolando en el cirio un
lirio ardiente,
pero quema la cera: arde el
presente
cándido y opalino de la
abeja.
Pareciera que toda cosa
bella,
(no digáis de la
estrella),
vive sobre algún lloro y
hace un mal.
¿Qué maravilla, pues,
que, siendo hermosa
la que en mis labios es
refrán y glosa,
me tenga herido el corazón
tan mal?
Sonó una campanada lenta y
honda
en la tétrica noche, en el
acecho
del tiempo. La sentí
profunda y honda
cual manos que golpeasen en
mi pecho.
Y así decía: ¡un año se
ha extinguido!...
Oh, alma mía, ¿qué has
hecho,
qué has perdido, qué has
hecho, qué has perdido,
el año que en tiniebla se
ha deshecho?
-Un amigo se ha muerto, un
libro, acaso
el más bello, no nace; y a
tu paso
las columnas de plata se
han caído...
¡y tampoco este año has
dicho nada!
Lloremos, porque cada
campanada
con mis lágrimas,
¡otras!, ha venido.
Viene la aurora que las
frondas verdes
con pálido fulgor tímida
dora.
Penumbra, el alba rosa te
devora
y como un largo tornasol te
pierdes.
A esperar vuelven todos. No
recuerdes
más, no recuerdes más.
Esta es la hora
de preparar tu día. ¡Esta
es la aurora!
¡Olvida, tú que el alma
te remuerdes!
Esta noche febril e
interminable
en que tanto he nombrado un
nombre amado,
¡ay!, me ha dejado más
inconsolable
porque ninguno contestó al
llamado...
¿Quién dice que ha
venido un nuevo día?
La noche me acompaña
todavía.
Cuando en la noche azul me
quedo solo,
miro a mi lado para ver si
estás...
La noche es dulce y triste
y yo estoy solo,
la noche es silenciosa y
nada más.
Entonces creo natural, ¡y
tanto!
que tú estés a mi lado,
aquí, a mi lado
-algo tan natural como mi
llanto-
y que hablamos,
habiéndonos callado...
Siento que miran. Dice el
pecho: es ella.
Levanto la cortina: es una
estrella;
pasa una mano por mi
frente, y veo:
no es su mano, es la
mía...
Y quedo solo en la quietud
sombría
de la noche, sin pena y sin
deseo.
Feliz vivir el del pastor
que lejos
de todos, en la pampa
solitaria,
contempla los inmóviles
cortejos
de astros sobre la gran
mudez agraria.
Y oye a la alondra y ve las
cortaderas
de empenachada espuma y
junco airoso,
y la mirada envía a las
praderas
donde albea el rebaño
silencioso.
Y olvidado y tranquilo,
cuando llena
de oro y diamante se abre
la mañana,
un día más no hace
temblar su fe.
Pues no le hiere una
secreta pena,
ni le cautiva una esperanza
vana,
que en nada espera porque a
nadie ve.
La longeva y oculta
madreperla
cuando se hiere el blanco
seno, vuelve
del sueño estéril y la
herida envuelve
con su irisada lágrima, la
perla.
Hay quien de su dolor se
hace una joya;
y lo sé, porque canto lo
que pierdo.
Sobre la misma herida del
recuerdo
la mano del artífice se
apoya.
La madreperla, solitaria
afina
el oriente del nácar
escondido,
como el amor en soledad
sentido
de más clara pureza se
ilumina,
y el silencioso tiempo lo
engrandece,
como a la perla que en los
años crece.
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