LITERATURA ARGENTINA    

                 

 

 

 

En la serenidad desoladora

que tiene un rostro indiferente y frío,

muestra el orgullo el natural bravío

que flaquezas con máscaras decora.

 

Se rinde la mirada que es traidora

de lo que tiene: el pasionado brío

busca en el pecho su lugar sombrío,

no en la fisonomía locutora.

 

Y aunque impasible y calmo y sosegado

figure el rostro como un agua muerta,

adentro está el despecho y el llamado

 

y el sollozo y la sangre de la herida...

Que aunque esté de la mano fiel cubierta,

ya no es nuestra la lágrima vertida.

61.

Nadie interrumpa con la queja vana

el gran silencio de la carne humana

que en inconsciente nada se resuelve

y al sitio de antes que naciera vuelve.

 

Nadie se asome al sumidero lento

de sangre, donde todo el elemento

que amó fermenta en un montón sombrío

chorreando sin ruido en el vacío.

 

Nadie se asome que el llamar no puede

renovar ese adiós que nos precede,

ni hará que torne lo que fue mirada.

 

Que es la vida un bocado de alimento,

(pero no eterno) que voltea un viento

silencioso en las fauces de la Nada.

62.

La muy pobre fortuna que deploro

es de un valiente contendor esclava:

una felicidad pasada clava

en la desdicha actual su lanza de oro.

 

Me empaña con su gracia azul el lloro

la sonrisa que antaño contemplaba.

Poca es la saña de la suerte brava

cuando el recuerdo es el mejor tesoro.

 

¡Engañoso consuelo! porque en vano

piensa en el dulce hogar el que lejano

siente en comarca hostil, hostil el frío...

 

Mas cuando no recuerdo todo pierdo.

Yo soy lo que viví; y es el recuerdo

lo único que puedo llamar mío.

63.

Antes, sin conocer la delicada

felicidad de mi dolor, decía:

¡Dios quiera que se acerque pronto el día

que esté de olvido el alma traspasada!

 

Hoy, pensando en aquella fantasía,

me parece que fue una desdichada

blasfemia, pues jamás, nunca, por nada,

decir adiós a mi pasión querría.

 

Porque ella fue mi juventud y siento

que la viví por ella,

¡la juventud que se ha llevado el viento!

 

Pero que yo recuerdo cada día,

como quien por haber visto una estrella,

recuerda al firmamento en que lucía.

64.

I           

 

 

Tornasolando el flanco a su sinuoso

paso va el tigre suave como un verso

y la ferocidad pule cual terso

topacio el ojo seco y vigoroso.

 

Y despereza el músculo alevoso

de los ijares, lánguido y perverso

y se recuesta lento en el disperso

otoño de las hojas. El reposo...

 

El reposo en la selva silenciosa.

La testa chata entre las garras finas

y el ojo fijo, impávido custodio.

 

Espía mientras bate con nerviosa

cola el haz de las férulas vecinas,

en reprimido acecho... así es mi odio.

65.

II

 

 

Odio era: no es. Que ya no existe

esta otra fiebre de la carne viva.

A tanto que me muere no resiste

este otro orgullo de violencia altiva.

 

Antes era mi ser todo tormenta,

todo contradicción, lucha, mentira;

tendía la mirada turbulenta

el arco de la ira.

 

Y en divergentes fuerzas me partía,

y hoy soy hogar de sólo una energía

suprema, que alimenta un gesto eterno:

 

un amor pensativo y doloroso.

Por él soy como un lago silencioso,

entre grandes montañas, en invierno...

66.

Lejos brillan abiertas las ventanas

como escudos de bronce que protegen

al hogar, y solemnes entretejen

lejos, sus dos lamentos dos campanas...

 

¿Aquí, por qué aquí mismo, aquí, he venido?

Vuelvo siempre lo mismo que un lucero.

Donde me despedí yo siempre espero,

y siempre espero donde la he perdido.

 

Los astros siembran la región serena

como encendidas flores de verbena...

Yo bebo de esta paz, bebo este olvido

 

Y me recojo el ser en una suave

resignación, que esto será quién sabe

lo que Dios ha querido...

67.

Soñé con un jardín noble y perfecto

de color mortecido y atenuado,

inmutable, severo, sosegado,

antiguo y uniformemente recto.

 

Dos paredes de evónimos oscuros

cortados con paciente simetría

y en el medio un estanque donde había

tornasolados cárdenos e impuros.

 

Y aquí un reloj de sol sobre una piedra

ruinosa que abrazaba larga hiedra,

e inmóvil, un pavón en el sendero.

 

Jamás pasaba el viento. Y allí, en vano

como una lenta sombra iba un anciano

de alguna lenta sombra carcelero...

68.

¡La triste suerte mi divina suerte

de no sentir la herida de la muerte!

Siempre esperando lo que nunca llega,

siempre esperando pero siempre ciega.

 

Hogaño espera lo que ayer quería,

de nuevo dice lo que ayer decía...

cuando de todo me hace más lejano

la muerte que me lleva de la mano.

 

Tú pasas, Tiempo, pero vas furtivo

como un cristiano que a la catacumba

lleva una rama de ciprés votivo,

 

tú hieres, Sombra, pero no te veo,

pues ya inclinado ante la hambrienta tumba

me alza los ojos mi primer deseo.

69.  

Si soplar es vivir, viví. Mi propia

sangre gusté y en verso la celebro.

Volqué como divina cornucopia

mi corazón colmado en el cerebro.

 

Viví sintiendo mi rumor, hablando

conmigo nada más, con el empeño

de ver sólo lo que iba imaginando.

Y quizá de la vida me hice un sueño.

 

Hoy siento despertar a mi memoria...

Con la inutilidad de un ciego miro

y no comprendo nada más que al cielo,

 

al cielo que ya no es cosa ilusoria.

Y hoy que a vivir empiezo más suspiro,

porque lo que comprendo no es consuelo.  

70.

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