| En la serenidad desoladora que tiene un rostro
indiferente y frío,
muestra el orgullo el
natural bravío
que flaquezas con máscaras
decora.
Se rinde la mirada que es
traidora
de lo que tiene: el
pasionado brío
busca en el pecho su lugar
sombrío,
no en la fisonomía
locutora.
Y aunque impasible y calmo
y sosegado
figure el rostro como un
agua muerta,
adentro está el despecho y
el llamado
y el sollozo y la sangre de
la herida...
Que aunque esté de la mano
fiel cubierta,
ya no es nuestra la
lágrima vertida.
Nadie interrumpa con la
queja vana
el gran silencio de la
carne humana
que en inconsciente nada se
resuelve
y al sitio de antes que
naciera vuelve.
Nadie se asome al sumidero
lento
de sangre, donde todo el
elemento
que amó fermenta en un
montón sombrío
chorreando sin ruido en el
vacío.
Nadie se asome que el
llamar no puede
renovar ese adiós que nos
precede,
ni hará que torne lo que
fue mirada.
Que es la vida un bocado de
alimento,
(pero no eterno) que voltea
un viento
silencioso en las fauces de
la Nada.
La muy pobre fortuna que
deploro
es de un valiente contendor
esclava:
una felicidad pasada clava
en la desdicha actual su
lanza de oro.
Me empaña con su gracia
azul el lloro
la sonrisa que antaño
contemplaba.
Poca es la saña de la
suerte brava
cuando el recuerdo es el
mejor tesoro.
¡Engañoso consuelo!
porque en vano
piensa en el dulce hogar el
que lejano
siente en comarca hostil,
hostil el frío...
Mas cuando no recuerdo todo
pierdo.
Yo soy lo que viví; y es
el recuerdo
lo único que puedo llamar
mío.
Antes, sin conocer la
delicada
felicidad de mi dolor,
decía:
¡Dios quiera que se
acerque pronto el día
que esté de olvido el alma
traspasada!
Hoy, pensando en aquella
fantasía,
me parece que fue una
desdichada
blasfemia, pues jamás,
nunca, por nada,
decir adiós a mi pasión
querría.
Porque ella fue mi juventud
y siento
que la viví por ella,
¡la juventud que se ha
llevado el viento!
Pero que yo recuerdo cada
día,
como quien por haber visto
una estrella,
recuerda al firmamento en
que lucía.
I
Tornasolando el flanco a su
sinuoso
paso va el tigre suave como
un verso
y la ferocidad pule cual
terso
topacio el ojo seco y
vigoroso.
Y despereza el músculo
alevoso
de los ijares, lánguido y
perverso
y se recuesta lento en el
disperso
otoño de las hojas. El
reposo...
El reposo en la selva
silenciosa.
La testa chata entre las
garras finas
y el ojo fijo, impávido
custodio.
Espía mientras bate con
nerviosa
cola el haz de las férulas
vecinas,
en reprimido acecho... así
es mi odio.
II
Odio era: no es. Que ya no
existe
esta otra fiebre de la
carne viva.
A tanto que me muere no
resiste
este otro orgullo de
violencia altiva.
Antes era mi ser todo
tormenta,
todo contradicción, lucha,
mentira;
tendía la mirada
turbulenta
el arco de la ira.
Y en divergentes fuerzas me
partía,
y hoy soy hogar de sólo
una energía
suprema, que alimenta un
gesto eterno:
un amor pensativo y
doloroso.
Por él soy como un lago
silencioso,
entre grandes montañas, en
invierno...
Lejos brillan abiertas las
ventanas
como escudos de bronce que
protegen
al hogar, y solemnes
entretejen
lejos, sus dos lamentos dos
campanas...
¿Aquí, por qué aquí
mismo, aquí, he venido?
Vuelvo siempre lo mismo que
un lucero.
Donde me despedí yo
siempre espero,
y siempre espero donde la
he perdido.
Los astros siembran la
región serena
como encendidas flores de
verbena...
Yo bebo de esta paz, bebo
este olvido
Y me recojo el ser en una
suave
resignación, que esto
será quién sabe
lo que Dios ha querido...
Soñé con un jardín noble
y perfecto
de color mortecido y
atenuado,
inmutable, severo,
sosegado,
antiguo y uniformemente
recto.
Dos paredes de evónimos
oscuros
cortados con paciente
simetría
y en el medio un estanque
donde había
tornasolados cárdenos e
impuros.
Y aquí un reloj de sol
sobre una piedra
ruinosa que abrazaba larga
hiedra,
e inmóvil, un pavón en el
sendero.
Jamás pasaba el viento. Y
allí, en vano
como una lenta sombra iba
un anciano
de alguna lenta sombra
carcelero...
¡La triste suerte mi
divina suerte
de no sentir la herida de
la muerte!
Siempre esperando lo que
nunca llega,
siempre esperando pero
siempre ciega.
Hogaño espera lo que ayer
quería,
de nuevo dice lo que ayer
decía...
cuando de todo me hace más
lejano
la muerte que me lleva de
la mano.
Tú pasas, Tiempo, pero vas
furtivo
como un cristiano que a la
catacumba
lleva una rama de ciprés
votivo,
tú hieres, Sombra, pero no
te veo,
pues ya inclinado ante la
hambrienta tumba
me alza los ojos mi primer
deseo.
Si soplar es vivir, viví.
Mi propia
sangre gusté y en verso la
celebro.
Volqué como divina
cornucopia
mi corazón colmado en el
cerebro.
Viví sintiendo mi rumor,
hablando
conmigo nada más, con el
empeño
de ver sólo lo que iba
imaginando.
Y quizá de la vida me hice
un sueño.
Hoy siento despertar a mi
memoria...
Con la inutilidad de un
ciego miro
y no comprendo nada más
que al cielo,
al cielo que ya no es cosa
ilusoria.
Y hoy que a vivir empiezo
más suspiro,
porque lo que comprendo no
es consuelo.
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