| A los pies de los álamos
la brisa aquí y allá las hojas
secas junta;
claro el retoño en la
corteza apunta
como la dentadura en la
sonrisa.
En la paz de la hora,
meridiano
suena el zumbido sordo del
insecto
y casi embriaga su áspero
y directo
rumor, que ni está cerca
ni es lejano.
Voy por la rumorosa
vastedad
de la floresta clara y
retoñante,
piadosa en su elocuente
soledad;
y en tan dulce vagar no sé
qué quiero:
soy feliz como nunca, estoy
delante
de lo deseado... ¡y sin
embargo espero! .
Ciudad nativa, te conozco
como
libro que se ha leído.
Eres como un desierto color
plomo,
color gris invariable y
aburrido.
Y sueño con ciudades
melancólicas,
(canales, viejas abadías,
nieve...)
con ciudades al lado de
bucólicas
campiñas de una gracia
ingenua y leve.
Aquí ya nada espero, nada
siento,
nada tengo que amar. Oye:
hasta el viento
dice siempre un igual,
viejo motivo.
Y me iría muy lejos... No;
jamás.
Y tú lo sabes bien, ser
por quien vivo:
¿Cómo
me alejaré de donde estás?
Si puesto a amar,
indiferente y frío
desdeño el convivial lugar
y cesa
de sonreír la gracia de la
mesa
que es regocijo de hombre
sano, ansío
olvidar este frívolo
desvío;
si no alumbra en mis ojos
la sorpresa
que antes me dio la natural
belleza
(que me es ahora teatro del
hastío),
no me importa; si el libro
ya no tiene
la maravilla antigua, no me
importa:
todo es como hoja seca que
va y viene.
Mas lo que el pensamiento
no soporta
es que haya roto por
llamarme amante
mi voluntad de hierro y de
diamante.
Sé de una fuente mansa y
silenciosa
que sobre antiguo mármol
se derrama
lenta y constante. El agua
que rebosa
jamás refleja un rostro ni
una rama.
Vierta la noche azul la
luna en ella,
o abra su golfo de oro la
mañana
donde naufraga la postrer
estrella,
la solitaria fuente siempre
mana.
¡Generoso dolor que
siempre llora,
fuente que el agua da
calladamente
como el Tiempo su hora!...
Conozco una pasión que
nadie mira,
que nadie escucha y sin
cesar suspira,
perdiéndose como agua de
la fuente.
La he buscado a mi lado, la
he buscado
como se busca a la
felicidad.
Acá y allí, más lejos y
a mi lado...
Ojos, ¿de qué me sirven?
¡Ya no está!
¡Quién pudiera ser joven
otra vez!
tanto como lo fui cuando la
vi
amorosa y jovial, buena tal
vez...
como en mis pensamientos la
sentí.
¡Ha pasado! ¿y por cuál
jardín pasó?
¿dónde la huella de su
pie quedó?,
¿en claro enero o indeciso
abril?
¡Oh, pálida mujer, cual
de marfil!
te llamo sin cesar, tú,
¿dónde estás?
te busco, ¿volverás?
A la materna Tierra que
cintila
en la informe tiniebla,
cual pupila
de leopardo, le pedí la
fuerza
pánica de cantar su alma
dispersa.
Pues poeta cosmógrafo con
sabia
voz quise hablar de su
incansable savia
y descubrir sus alas
misteriosas
en la naturaleza de las
cosas...
¡Alto designio que el amor
destierra!
que ¡ay! en la cruz de
más humilde estado
tan sólo hablé de mi
pasión humana.
Porque sólo una cosa vi en
la Tierra:
mi alma llena de sí, que
ciega y vana,
va como un serafín
avergonzado.
Será una tarde gris y
suave como
todas las otras tardes que
se ven,
con su poco de sombra, con
su asomo
de tristeza... ¿por
quién?
Y nada bello habrá de
nuevo, nada:
como siempre en mi mesa un
libro abierto,
quizá una rosa ajada...
¡ah! , pero aquella tarde
yo habré muerto.
Y se desprenderá en la
suavidad
de la tarde fugaz mi
espectro pálido,
y se levantará
como joven mujer del lecho
cálido...
y seguirán cayendo como
antes
igual que hojas marchitas,
los instantes.
Si yo estuviera ciego todo
ruido
como eco de perdón y de
clemencia,
me haría murmurar: manda
la ausencia
la voz que ni una sola vez
he oído.
Y si arrastrara el aire
confidencia
de pétalos, diría: ha
sonreído
y su sonrisa está, como un
vestido
de comulgante, llena de
inocencia...
Y si a la sombra de un
rosal florido
descanso un día, pensaré
que ha sido
esa sombra tranquila, su
presencia
que al fin se inclina sobre
mi existencia...
Sólo ciego veré en esa
apariencia
quieta por fin la sombra
que he seguido.
Yo sé bien que otra vez te
quise mucho,
pero hace tanto tiempo,
¡pero tanto!
Que del lejano tiempo sólo
escucho
dentro de mí, sin causa
siempre, el llanto.
Es un sollozo como un ala
viva
y una espina en la sombra
la apuñala,
¡ira torpe en la mísera
cautiva!
y el ala en sangre y
traspasada, el ala
se agita siempre en sangre
y traspasada.
¿Ha existido ese tiempo?
No tal vez...
pero una cosa es cierta:
una mirada
vista en el fondo de una
edad pasada,
(sobre las tumbas, sobre
mucha nada,
entre las almas) por
primera vez.
Hospitalario y fiel en su
reflejo
donde a ser apariencia se
acostumbra
el material vivir, está el
espejo
como un claro de luna en la
penumbra.
Pompa le da en las noches
la flotante
claridad de la lámpara, y
tristeza
la rosa que en el vaso
agonizante
también en él inclina la
cabeza.
Si hace doble al dolor,
también repite
las cosas que me son
jardín del alma.
Y acaso espera que algún
día habite
en la ilusión de su
azulada calma
el Huésped que le deje
reflejadas
frentes juntas y manos
enlazadas.
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