LITERATURA ARGENTINA    

                 

 

 

 

 

 

A los pies de los álamos la brisa

aquí y allá las hojas secas junta;

claro el retoño en la corteza apunta

como la dentadura en la sonrisa.

 

En la paz de la hora, meridiano

suena el zumbido sordo del insecto

y casi embriaga su áspero y directo

rumor, que ni está cerca ni es lejano.

 

Voy por la rumorosa vastedad

de la floresta clara y retoñante,

piadosa en su elocuente soledad;

 

y en tan dulce vagar no sé qué quiero:

soy feliz como nunca, estoy delante

de lo deseado... ¡y sin embargo espero!  .

51

Ciudad nativa, te conozco como

libro que se ha leído.

Eres como un desierto color plomo,

color gris invariable y aburrido.

 

Y sueño con ciudades melancólicas,

(canales, viejas abadías, nieve...)

con ciudades al lado de bucólicas

campiñas de una gracia ingenua y leve.

 

Aquí ya nada espero, nada siento,

nada tengo que amar. Oye: hasta el viento

dice siempre un igual, viejo motivo.

 

Y me iría muy lejos... No; jamás.

Y tú lo sabes bien, ser por quien vivo:

¿Cómo me alejaré de donde estás? 

52.

Si puesto a amar, indiferente y frío

desdeño el convivial lugar y cesa

de sonreír la gracia de la mesa

que es regocijo de hombre sano, ansío

 

olvidar este frívolo desvío;

si no alumbra en mis ojos la sorpresa

que antes me dio la natural belleza

(que me es ahora teatro del hastío),

 

no me importa; si el libro ya no tiene

la maravilla antigua, no me importa:

todo es como hoja seca que va y viene.

 

Mas lo que el pensamiento no soporta

es que haya roto por llamarme amante

mi voluntad de hierro y de diamante.

53.

Sé de una fuente mansa y silenciosa

que sobre antiguo mármol se derrama

lenta y constante. El agua que rebosa

jamás refleja un rostro ni una rama.

 

Vierta la noche azul la luna en ella,

o abra su golfo de oro la mañana

donde naufraga la postrer estrella,

la solitaria fuente siempre mana.

 

¡Generoso dolor que siempre llora,

fuente que el agua da calladamente

como el Tiempo su hora!...

 

Conozco una pasión que nadie mira,

que nadie escucha y sin cesar suspira,

perdiéndose como agua de la fuente.

54.

La he buscado a mi lado, la he buscado

como se busca a la felicidad.

Acá y allí, más lejos y a mi lado...

Ojos, ¿de qué me sirven? ¡Ya no está!

 

¡Quién pudiera ser joven otra vez!

tanto como lo fui cuando la vi

amorosa y jovial, buena tal vez...

como en mis pensamientos la sentí.

 

¡Ha pasado! ¿y por cuál jardín pasó?

¿dónde la huella de su pie quedó?,

¿en claro enero o indeciso abril?

 

¡Oh, pálida mujer, cual de marfil!

te llamo sin cesar, tú, ¿dónde estás?

te busco, ¿volverás? 

55.

A la materna Tierra que cintila

en la informe tiniebla, cual pupila

de leopardo, le pedí la fuerza

pánica de cantar su alma dispersa.

 

Pues poeta cosmógrafo con sabia

voz quise hablar de su incansable savia

y descubrir sus alas misteriosas

en la naturaleza de las cosas...

 

¡Alto designio que el amor destierra!

que ¡ay! en la cruz de más humilde estado

tan sólo hablé de mi pasión humana.

 

Porque sólo una cosa vi en la Tierra:

mi alma llena de sí, que ciega y vana,

va como un serafín avergonzado.

56.  

Será una tarde gris y suave como

todas las otras tardes que se ven,

con su poco de sombra, con su asomo

de tristeza... ¿por quién?

 

Y nada bello habrá de nuevo, nada:

como siempre en mi mesa un libro abierto,

quizá una rosa ajada...

¡ah! , pero aquella tarde yo habré muerto.

 

Y se desprenderá en la suavidad

de la tarde fugaz mi espectro pálido,

y se levantará

 

como joven mujer del lecho cálido...

y seguirán cayendo como antes

igual que hojas marchitas, los instantes.

57.  

Si yo estuviera ciego todo ruido

como eco de perdón y de clemencia,

me haría murmurar: manda la ausencia

la voz que ni una sola vez he oído.

 

Y si arrastrara el aire confidencia

de pétalos, diría: ha sonreído

y su sonrisa está, como un vestido

de comulgante, llena de inocencia...

 

Y si a la sombra de un rosal florido

descanso un día, pensaré que ha sido

esa sombra tranquila, su presencia

 

que al fin se inclina sobre mi existencia...

Sólo ciego veré en esa apariencia

quieta por fin la sombra que he seguido.

58.

Yo sé bien que otra vez te quise mucho,

pero hace tanto tiempo, ¡pero tanto!

Que del lejano tiempo sólo escucho

dentro de mí, sin causa siempre, el llanto.

 

Es un sollozo como un ala viva

y una espina en la sombra la apuñala,

¡ira torpe en la mísera cautiva!

y el ala en sangre y traspasada, el ala

 

se agita siempre en sangre y traspasada.

¿Ha existido ese tiempo? No tal vez...

pero una cosa es cierta: una mirada

 

vista en el fondo de una edad pasada,

(sobre las tumbas, sobre mucha nada,

entre las almas) por primera vez.

59.

Hospitalario y fiel en su reflejo

donde a ser apariencia se acostumbra

el material vivir, está el espejo

como un claro de luna en la penumbra.

 

Pompa le da en las noches la flotante

claridad de la lámpara, y tristeza

la rosa que en el vaso agonizante

también en él inclina la cabeza.

 

Si hace doble al dolor, también repite

las cosas que me son jardín del alma.

Y acaso espera que algún día habite

 

en la ilusión de su azulada calma

el Huésped que le deje reflejadas

frentes juntas y manos enlazadas.

60.  

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