| Los álamos están como
soñando, quietos en la dulzura
vespertina;
bajo la rutilancia
mortecina
del sol la fronda muda
está soñando.
Todo está mudo como
siempre cuando
la ilusión de las formas
se termina;
y el aire, hecho silencio,
disemina
la paz letal de los que
están soñando...
¡otro día que pasa y no
la viste!
Ayer tampoco y así
siempre. El día
como una hoja seca cae del
cielo.
El día pasa y caminante
triste
todo se lleva en triste
compañía,
que triste compañía es mi
consuelo.
La sirena fatal fuera
piadosa
para el ilusionado por su
canto
que a punto de caer
rompiera el llanto
y gemebundo le dijera:
¡oh, diosa
del mar azul, perdóname!
Tu encanto
apaciguado, deje a pesarosa
vejez que llegue al lado de
la esposa
que en las ausencias he
nombrado tanto.
La sirena le oyera... Pero
es mía
suerte más despiadada:
y el alma olvida lo que
tanto ansía
que es verse en ciego
olvido serenada,
pues cuanto más la imploro
más me oprime
y jamás mi sollozo me
redime.
También el vivir diario
nos separa,
tanto que fuera más feliz
intento
juntar al agua clara el
óleo lento,
que unir las manos que el
ensueño ampara.
Tu vas siempre con un
florecimiento
de alegría alumbrándote
la cara
y amable compañía te
depara
diario olvido ante rápido
contento.
Pero yo melancólico,
suspiro
y solitario por las noches
vago
y te veo de lejos y te miro
con ojos de vergüenza; y
como en pago
de haberte visto, digo con
tristeza:
Sí... nos separa la
naturaleza.
Algunos dicen: ¿cómo es
eso: muda
tu arrogancia de ayer paró
en vacío?,
¿y es justo que el
silencio preste a duda
el buen linaje de tu
antiguo brío?
-La gallardía memorada
tanto
no está, ¡por Dios!, ni
muerta ni enterrada,
sólo que espero la
estación del canto:
¿no tiene invierno tanta
especie alada?
Seguramente la labor
proscrita,
bella durmiente, espera al
que rescata
de escarcha estéril leve
margarita.
Pero aunque el triste
estado de hoy me abata,
saque Disculpa esta razón
postrera:
¡siempre espera que llegue
primavera!
El áspera razón de
abandonarte
aunque tiempos mejores nos
sonrían,
no es de las que en
epístola se envían
ni de las que, sutil,
decora el arte.
Es razón de decir entre
sollozos,
porque es así como uno la
adivina,
y valida de penas asesina
firme esperar de justos
alborozos.
De una pobre apariencia,
es, sin embargo,
la imperiosa razón de
tanto embate
que a honrado corazón
mucho combate.
Pues siempre hidalgo bueno
bebió amargo,
cuando frustrado su derecho
había
el pan fundamental de cada
día.
Perdóneme el amor cuando
comprenda,
mi vivir cotidiano
rectifique
y una fácil razón fije y
explique
lo que razón de arte
desenmienda.
Pues a veces siguiendo la
ondulante
senda imaginativa dejo un
verso
a mi constante sentimiento
adverso
e infiel por relucirse más
brillante.
Así a desdén que no me
hiere imploro
y una ilusoria pena a ratos
lloro,
¡tanto la mente en
fantasear disperso!
Y el ser que de amistad tan
noble vive
honor de mi labor jamás
recibe...
Tiene mi vida que bien vale
un verso)
Entro a mi casa fatigado
bajo
la ley del diario y mísero
trabajo
que seca la espontánea
flor del poco
de ensueño... ¡Y siempre
así!... Y siempre invoco
a lo más puro y libre de
mi ser,
a lo más permanente para
hacer
la ciudadela blanca en que
me olvide
lo que fatal necesidad me
pide...
Blanca carilla ante de mí
vacía
como escenario abandonado
espera
la pequeña tragedia de mi
día.
Pero fatiga estéril te
lacera,
¡oh, alma! y como un perro
en el umbral,
te duermes en la hoja
virginal.
Motivos de aflicción me
han puesto cerco
y a pesar de su rígida
porfía,
no es razón de tenerlo a
insulto terco,
sino cual preferencia y
cortesía.
Al cabo esa su enérgica
enseñanza
me da tan abundante
disciplina,
que ni me hastía el bien
ni el mal me cansa
si asunto de aprender de
ambos declina.
La edad de más afán me
yace muerta:
lo que sufrí, pasó; mas
me avigora
fuerza mayor y comprensión
más cierta.
Aún el largo dolor de
haber amado
de tanto me sirvió que
estoy ahora
para amar nuevamente
preparado.
Cuando nuestro silencio se
deshoje
como en ociosa mano un
crisantemo,
ya no será mi voz esa que
escoge
para decir su angustia el
bien supremo.
Y si otra vez en esta vida
blanca
como un sudario, te
volviere a ver,
¿tendrán mis ojos la
mirada franca
que vio tu adolescencia
florecer?
También si nuestras manos
se aproximan
serán como palabras que no
riman
o como dos latidos siempre
alternos.
Pues un día ha pasado sin
soñarte,
día que inexpiable y fosco
parte
la tácita unidad de
parecernos.
Múltiple vez he visto en
la novela
que los del mal de todos
guardan una
prenda que en todo plazo
les revela
la pasada fortuna.
De cabellera que no más es
bruna
les queda un rizo; o una
antigua esquela,
o en terso esmalte tersa
frente, una
frente que de impasible
desconsuela.
De condición igual cierto
no puede
gloriarse mi afección que
no me cede
cosa que sobreviva de este
instante.
Y alguna vez en menester de
aquella
que es de tiempo mejor
durable huella
¿tendrá donde posarse el
beso errante?
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