LITERATURA ARGENTINA    

                 

 

 

 

 

 

Quien tenga algún secreto engaño pida

la compasión de la escondida vida,

quien ame de apacible amor la implore

y un austero retiro rememore

 

que a la fidelidad que no perece

en su clara virtud, hogar ofrece...

¡Tranquila soledad, firme custodio

de la paciencia de vivir sin odio!

 

Inútil para el mundo en que se muestra

el orgullo vital mira un destino

quieto y oculto la esperanza nuestra.

 

Y consagrado a prematura calma,

como en sueños, amada, me encamino

al silencio sereno de tu alma.

31. 

Puesto el despecho a convencer, desliza

pérfida voz que expresa como un reto.

Con ansia digna de mejor divisa

dice: -¡no es nada más que un esqueleto!

 

-Sí... mas los ojos pardos que sumisa

mirada envían llena de secreto;

los labios que aperezan la sonrisa

en desdencillo de perfil discreto...

 

-¡Un esqueleto nada más!- Que lleva

con juvenil delicadeza un paso

que pasa y sin caer tiembla el rocío...

 

Donde tesoro (¿quién que lo conmueva?)

palpita un corazón, -¿Qué es eso?- Acaso

un corazón que siente como el mío.

32.

Sobre la dura hoja de un agave

vi esta tarde enlazadas iniciales,

dos letras -¿de qué mano? ¡Dios lo sabe!-

unidas como manos de mortales.

 

Que ya han muerto tal vez. O son felices.

O no se han vuelto a ver, pero tampoco

han vuelto para ahondar las cicatrices

pálidas que se cierran poco a poco...

 

Quien os contempla, pobres signos, prueba

el pesar de un mejor tiempo perdido...

Yo con trémula mano corté al fin

 

en la borrosa letra, letra nueva

para que aqueste amor desconocido,

sino en la vida viva en el jardín.

33. 

I

 

 

No el laborioso hierro que en el cipo

labra inmortalizada despedida

grabará el nombre oculto que emancipo

con vida oculta de postrera vida.

 

Lápida sin leyenda me anticipo,

cual conviene a quien sigue una perdida

labor, pues la mejor labor disipo

llorando una pasión inextinguida.

 

Inútil fui y al devorante abismo

bajaré sin haber dejado nada:

sombra de sombra me seguí a mí mismo...

 

Pero en mi tumba un eucalipto, allí

majestuoso y sombrío, a la mirada

del pasajero le hablará de mí.

34. 

II

 

 

Majestuosos, sombríos, colosales,

eucaliptos vibrantes en el viento,

protegiendo en las tardes otoñales

la humildad del camino ceniciento

 

por donde yo he pasado tantas veces...

A vuestra sombra alzábanse los lirios

como una pura elevación de preces.

¡Sombra que ha serenado mis delirios!

 

¡Oh, cuántas veces como yo pasaba,

pálido y solitario, y recordaba

lo que entonces podía llamar mío!

 

No os podría ver más, sombras gigantes...

Aunque dentro de mí llevo como antes

majestuoso dolor, grande y sombrío.

35.

Espíritu gentil que de Valclusa

las selvas de laurel paseaste tanto,

razonando de amores con la musa

que alargaba el honor de tu quebranto:

 

como a ti me ha dejado una confusa

esperanza materia para el llanto,

mas no me dio el ingenio asaz excusa

para hacerla materia de mi canto.

 

Maestro soy en el mar doliente,

aunque no en la elegancia del estilo

ni en la ilustre nobleza del dictado;

 

pero viendo el laurel que honra tu frente,

pienso, grave y tranquilo,

que un sentimiento igual nos ha acercado.

36.

¿Árbol por qué floreces?... ¡Qué pueril

pregunta y qué pregunta sin razón!

Pero he dicho otras veces: juvenil

corazón ¿por qué lloras, corazón?

 

¿Árbol por qué floreces?... ¡Oh, qué ilusa

pregunta y qué banal curiosidad!

Pero he dicho otras veces: ¿por qué, musa,

hablas dentro del pecho en soledad?

 

¡La bella inexplicable sinrazón

que vive en todo, como en la dormida

noche el fulgor de la constelación!

 

¿Y tú, por qué has amado? ¿por qué, di,

tu blanca vida sin amor no es vida

como alelí sin flor no es alelí?

37.

Vuelan las frases de la amable plática

en la llaneza de la compañía

y la trivialidad con acrobática

gracia sus flechas de papel envía.

 

Nada conturba a la palabra errática

revoloteando leve de alegría

de tema en tema como en aromática

planta la mariposa se desvía...

 

Pero si por ventura alguien te nombra,

súbita gravedad mi rostro empaña,

rememorando pena y desencanto.

 

Y me recojo a la doliente sombra

de un pensamiento que me desengaña,

y sin hablar te nombro con el llanto.

38.

Este que oprime el corazón sin ruido

con la corona de sus dedos yertos,

espera todavía. Aquí dormido

reposa con los ojos entreabiertos.

 

Sobre él no se inclinó mirar querido,

un rostro que llenase sus desiertos

ojos que por la culpa del olvido

no tienen un tesoro entre los muertos.

 

Tú, feliz pasajero, que has de hablarla,

dile que venga y calme con mirarla

la pena entre los párpados helados.

 

Acerque a la esperanza su clemencia;

cierre con la piedad de su presencia

los ojos entornados.

39.

Dime por qué estás pálida, ¿has soñado

esos sueños que son presentimiento

de ausencia?... Yo quisiera oír tu acento

siempre y que no te vayas de mi lado.

 

Dime por qué estás pálida, ¿has llorado?

Es como tenue cera y desaliento

de pétalos tu rostro sin contento...

¿Tus lágrimas a quién han perdonado?

 

Pálida que en las largas noches solas

lejos de todos imploré y bendije

y que envuelta en un leve azul de aureolas

 

viniendo adonde estoy tanto he previsto:

¡tal vez un ansia misma nos aflige,

que en ti mi propia palidez he visto! 

40.

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