| Quien tenga algún secreto
engaño pida la compasión de la
escondida vida,
quien ame de apacible amor
la implore
y un austero retiro
rememore
que a la fidelidad que no
perece
en su clara virtud, hogar
ofrece...
¡Tranquila soledad, firme
custodio
de la paciencia de vivir
sin odio!
Inútil para el mundo en
que se muestra
el orgullo vital mira un
destino
quieto y oculto la
esperanza nuestra.
Y consagrado a prematura
calma,
como en sueños, amada, me
encamino
al silencio sereno de tu
alma.
Puesto el despecho a
convencer, desliza
pérfida voz que expresa
como un reto.
Con ansia digna de mejor
divisa
dice: -¡no es nada más
que un esqueleto!
-Sí... mas los ojos pardos
que sumisa
mirada envían llena de
secreto;
los labios que aperezan la
sonrisa
en desdencillo de perfil
discreto...
-¡Un esqueleto nada más!-
Que lleva
con juvenil delicadeza un
paso
que pasa y sin caer tiembla
el rocío...
Donde tesoro (¿quién que
lo conmueva?)
palpita un corazón,
-¿Qué es eso?- Acaso
un corazón que siente como
el mío.
Sobre la dura hoja de un
agave
vi esta tarde enlazadas
iniciales,
dos letras -¿de qué mano?
¡Dios lo sabe!-
unidas como manos de
mortales.
Que ya han muerto tal vez.
O son felices.
O no se han vuelto a ver,
pero tampoco
han vuelto para ahondar las
cicatrices
pálidas que se cierran
poco a poco...
Quien os contempla, pobres
signos, prueba
el pesar de un mejor tiempo
perdido...
Yo con trémula mano corté
al fin
en la borrosa letra, letra
nueva
para que aqueste amor
desconocido,
sino en la vida viva en el
jardín.
I
No el laborioso hierro que
en el cipo
labra inmortalizada
despedida
grabará el nombre oculto
que emancipo
con vida oculta de postrera
vida.
Lápida sin leyenda me
anticipo,
cual conviene a quien sigue
una perdida
labor, pues la mejor labor
disipo
llorando una pasión
inextinguida.
Inútil fui y al devorante
abismo
bajaré sin haber dejado
nada:
sombra de sombra me seguí
a mí mismo...
Pero en mi tumba un
eucalipto, allí
majestuoso y sombrío, a la
mirada
del pasajero le hablará de
mí.
II
Majestuosos, sombríos,
colosales,
eucaliptos vibrantes en el
viento,
protegiendo en las tardes
otoñales
la humildad del camino
ceniciento
por donde yo he pasado
tantas veces...
A vuestra sombra alzábanse
los lirios
como una pura elevación de
preces.
¡Sombra que ha serenado
mis delirios!
¡Oh, cuántas veces como
yo pasaba,
pálido y solitario, y
recordaba
lo que entonces podía
llamar mío!
No os podría ver más,
sombras gigantes...
Aunque dentro de mí llevo
como antes
majestuoso dolor, grande y
sombrío.
Espíritu gentil que de
Valclusa
las selvas de laurel
paseaste tanto,
razonando de amores con la
musa
que alargaba el honor de tu
quebranto:
como a ti me ha dejado una
confusa
esperanza materia para el
llanto,
mas no me dio el ingenio
asaz excusa
para hacerla materia de mi
canto.
Maestro soy en el mar
doliente,
aunque no en la elegancia
del estilo
ni en la ilustre nobleza
del dictado;
pero viendo el laurel que
honra tu frente,
pienso, grave y tranquilo,
que un sentimiento igual
nos ha acercado.
¿Árbol por qué
floreces?... ¡Qué pueril
pregunta y qué pregunta
sin razón!
Pero he dicho otras veces:
juvenil
corazón ¿por qué lloras,
corazón?
¿Árbol por qué
floreces?... ¡Oh, qué ilusa
pregunta y qué banal
curiosidad!
Pero he dicho otras veces:
¿por qué, musa,
hablas dentro del pecho en
soledad?
¡La bella inexplicable
sinrazón
que vive en todo, como en
la dormida
noche el fulgor de la
constelación!
¿Y tú, por qué has
amado? ¿por qué, di,
tu blanca vida sin amor no
es vida
como alelí sin flor no es
alelí?
Vuelan las frases de la
amable plática
en la llaneza de la
compañía
y la trivialidad con
acrobática
gracia sus flechas de papel
envía.
Nada conturba a la palabra
errática
revoloteando leve de
alegría
de tema en tema como en
aromática
planta la mariposa se
desvía...
Pero si por ventura alguien
te nombra,
súbita gravedad mi rostro
empaña,
rememorando pena y
desencanto.
Y me recojo a la doliente
sombra
de un pensamiento que me
desengaña,
y sin hablar te nombro con
el llanto.
Este que oprime el corazón
sin ruido
con la corona de sus dedos
yertos,
espera todavía. Aquí
dormido
reposa con los ojos
entreabiertos.
Sobre él no se inclinó
mirar querido,
un rostro que llenase sus
desiertos
ojos que por la culpa del
olvido
no tienen un tesoro entre
los muertos.
Tú, feliz pasajero, que
has de hablarla,
dile que venga y calme con
mirarla
la pena entre los párpados
helados.
Acerque a la esperanza su
clemencia;
cierre con la piedad de su
presencia
los ojos entornados.
Dime por qué estás
pálida, ¿has soñado
esos sueños que son
presentimiento
de ausencia?... Yo quisiera
oír tu acento
siempre y que no te vayas
de mi lado.
Dime por qué estás
pálida, ¿has llorado?
Es como tenue cera y
desaliento
de pétalos tu rostro sin
contento...
¿Tus lágrimas a quién
han perdonado?
Pálida que en las largas
noches solas
lejos de todos imploré y
bendije
y que envuelta en un leve
azul de aureolas
viniendo adonde estoy tanto
he previsto:
¡tal vez un ansia misma
nos aflige,
que en ti mi propia palidez
he visto!
|