LITERATURA ARGENTINA    

                 

 

 

 

 

 

La inspiración del silencioso guía

que anima soledad con su presencia

y es en la ausencia firme compañía,

si no me da consuelo, me da ciencia.

 

Dócil alumno en la amorosa vía

aprendo cual se cela su violencia:

por él sonríe la tristeza mía,

sonríe, mas decid ¿no es apariencia?

 

Amor me enseña el principal sentido

de las horas que pasan; y si sueña

el alma ¿no es porque el amor la enseña?

 

Sutil maestro, su doctrina ha sido

tan elocuente que doquiera creo

sentir la voz que sigue mi deseo. 

21.

I

 

Cuando contemplo mi presente estado

y aquello que tenía y lo que hacía,

llamo al buen tiempo de vivir, pasado,

pues todo lo de ahora es cobardía.

 

Pero a veces no sé qué cosa hermosa

viene amante del fondo del Pasado

y me arroja a los pies, triste, la rosa

seca de haber amado.

 

Me vuelvo a ver en un jardín lejano

como hace tanto tiempo; pero todo

me dice que no existe...

 

Que no existe el jardín, que voy en vano

queriendo despertar lo que en tal modo

sólo en piadoso recordar persiste.

22.

II

  

Y pues que recordar es necesario

para sentir vivir, ¡ay!, recordemos:

deshójense marchitos crisantemos

frente a mi hoy, espejo solitario.

 

¡Oh, jardín!... (que aquel tiempo era jardín),

... sufrir a solas, ansia de encontrarla,

rubor de verla, miedo de mirarla,

y nunca hablar... Hasta perderla al fin.

 

¡Oh, flores que llevaba!... y alegría

del día nuevo que como otro expira

pero habiéndola visto: hoy no podría.

 

... ¿Es necesario que me engañe tanto?:

igual en la verdad o en la mentira

tengo este solo compañero, el llanto.

23.

Recuerdo un viejo verso: la que cose

a la luz de la lámpara serena.

Cuando yo lo escribía era más buena

la vida, humilde y buena... ¡Que repose

 

en su inútil bondad como una muerta!

Vuelvo a ver aquel ser y el claro tul

ondulado en la mano dél cubierta

y la luz suave cual de estrella azul.

 

Hoy estoy solo, solo, y estoy lejos

de todo lo que amé. Nacen mis frases

y se mueren en mí: soy mi ataúd.

 

Nadie alza los ojos de reflejos

vívidos y fugaces,

cuando mis labios lentos dicen: tú... 

24.

Cuando en las fiestas vago en el suburbio,

desde las tierras altas la mirada

de albatros tiendo a la ciudad cargada

de hombres, la lado del Estuario turbio.

 

Como en una visión de grandes valles,

veo, entrando en el cielo, humeantes barras,

las azoteas rojas, las pizarras

y el tajo ceniciento de las calles.

 

Y veo el barrio donde está tu casa,

(lo veo y la tristeza me traspasa)

y la casa escondida donde estriba

 

mi vida laboriosa y miserable...

Y se me alza en el pecho, inolvidable,

el gran amor de la ciudad nativa.

25.

¿Qué te importa, señor, pues que eres sabio

la sinrazón de mi afligido labio?

Tu maestro de vida fue la acción

y compañero ocioso el corazón.

 

¿Para el molino el ala activa al viento

si la calandria vuela al firmamento?

Sin embargo te escribo porque... ¡No!

El porqué Dios lo sabe, que no yo.

 

Lloro el iris fugaz de aquel deseo

más que humano que un tiempo me engañó.

Y me inclino en el libro en que me veo,

 

como árbol que en el río se inclinó;

y el río le refleja las dolientes

ramas con las estrellas ascendentes...

26.  

Justo es tal vez que sufra ese destino

de no desear, pues puse el alma ardiente

en alto sitio y tan inútilmente

que no espero ni en caso peregrino.

 

Si el corazón no tiene compañía

ni encuentra caridad donde apoyarse,

será porque no tiene de qué honrarse...

pero eso el corazón no lo sabía.

 

Y en esta condición desamparada,

quiere él mismo ofrecerse a cualquier cosa

como en patena de oro una granada.

 

¡Ilusión desoída y a destiempo!

Mas él de una esperanza tal rebosa,

que, don esquíleo, lo consagro al Tiempo.

27.

I

  

Carne mortal, sosiega.

Carne mortal, escucha la palabra

de la traición que aquí en ti misma, labra

el término a que vas altiva y ciega.

 

Pues la traición es tu fugacidad

y tu ilusión engaño de distancia.

Detente, ¡oh, carne! y descoyunta el ansia

de esa tu fuerte alada vanidad.

 

Mira cuánto amador yace en la tierra

y cómo cruzan formidable guerra,

fidelidad y olvido.

 

Y pues que has de morir en plazo breve,

quiera serte el amor copo de nieve

en lumbre de razón desvanecido. 

28.

II

  

“El término a que voy ciega y altiva

no me sabe advertir, ni yo me advierto:

sólo para morir la cosa viva

halla elocuente la mudez del muerto.

 

Y mi fugacidad el ansia aviva,

como es más hondo y grande el beso oferto

a punto de partir, así despierto

de súbito febril e imperativa.

 

Mi ceguera alargaba mi paciencia,

y hoy la vista del fin inflama urgencia:

ya no espero en silencio: quiero verla.

 

Y pues que he de morir en plazo breve,

la sola voluntad que me conmueve

es el ansia sin fin de poseerla”.

29.

Cargado tengo de riqueza sorda

el cerebro confuso y populoso,

que de conocimiento se desborda,

inconsciente en su impulso generoso.

 

La multitud de libros son el parque

fastuoso y misterioso que fatiga

mi ansia de conocer. ¿Qué hay que no abarque

tanta codicia que a ignorar obliga?

 

Ciencia que no me vale para nada

pues no se cambia en pan ni en buen consejo

ni en la amistosa plática retrato.

 

Aún no sé comprender una mirada,

ni sé si la altivez de que me quejo

más que desdén es femenil recato. 

30.

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