| La inspiración del
silencioso guía que anima soledad con su
presencia
y es en la ausencia firme
compañía,
si no me da consuelo, me da
ciencia.
Dócil alumno en la amorosa
vía
aprendo cual se cela su
violencia:
por él sonríe la tristeza
mía,
sonríe, mas decid ¿no es
apariencia?
Amor me enseña el
principal sentido
de las horas que pasan; y
si sueña
el alma ¿no es porque el
amor la enseña?
Sutil maestro, su doctrina
ha sido
tan elocuente que doquiera
creo
sentir la voz que sigue mi
deseo.
I
Cuando contemplo mi
presente estado
y aquello que tenía y lo
que hacía,
llamo al buen tiempo de
vivir, pasado,
pues todo lo de ahora es
cobardía.
Pero a veces no sé qué
cosa hermosa
viene amante del fondo del
Pasado
y me arroja a los pies,
triste, la rosa
seca de haber amado.
Me vuelvo a ver en un
jardín lejano
como hace tanto tiempo;
pero todo
me dice que no existe...
Que no existe el jardín,
que voy en vano
queriendo despertar lo que
en tal modo
sólo en piadoso recordar
persiste.
II
Y pues que recordar es
necesario
para sentir vivir, ¡ay!,
recordemos:
deshójense marchitos
crisantemos
frente a mi hoy, espejo
solitario.
¡Oh, jardín!... (que
aquel tiempo era jardín),
... sufrir a solas, ansia
de encontrarla,
rubor de verla, miedo de
mirarla,
y nunca hablar... Hasta
perderla al fin.
¡Oh, flores que
llevaba!... y alegría
del día nuevo que como
otro expira
pero habiéndola visto: hoy
no podría.
... ¿Es necesario que me
engañe tanto?:
igual en la verdad o en la
mentira
tengo este solo compañero,
el llanto.
Recuerdo un viejo verso: la
que cose
a la luz de la lámpara
serena.
Cuando yo lo escribía era
más buena
la vida, humilde y buena...
¡Que repose
en su inútil bondad como
una muerta!
Vuelvo a ver aquel ser y el
claro tul
ondulado en la mano dél
cubierta
y la luz suave cual de
estrella azul.
Hoy estoy solo, solo, y
estoy lejos
de todo lo que amé. Nacen
mis frases
y se mueren en mí: soy mi
ataúd.
Nadie alza los ojos de
reflejos
vívidos y fugaces,
cuando mis labios lentos
dicen: tú...
Cuando en las fiestas vago
en el suburbio,
desde las tierras altas la
mirada
de albatros tiendo a la
ciudad cargada
de hombres, la lado del
Estuario turbio.
Como en una visión de
grandes valles,
veo, entrando en el cielo,
humeantes barras,
las azoteas rojas, las
pizarras
y el tajo ceniciento de las
calles.
Y veo el barrio donde está
tu casa,
(lo veo y la tristeza me
traspasa)
y la casa escondida donde
estriba
mi vida laboriosa y
miserable...
Y se me alza en el pecho,
inolvidable,
el gran amor de la ciudad
nativa.
¿Qué te importa, señor,
pues que eres sabio
la sinrazón de mi afligido
labio?
Tu maestro de vida fue la
acción
y compañero ocioso el
corazón.
¿Para el molino el ala
activa al viento
si la calandria vuela al
firmamento?
Sin embargo te escribo
porque... ¡No!
El porqué Dios lo sabe,
que no yo.
Lloro el iris fugaz de
aquel deseo
más que humano que un
tiempo me engañó.
Y me inclino en el libro en
que me veo,
como árbol que en el río
se inclinó;
y el río le refleja las
dolientes
ramas con las estrellas
ascendentes...
Justo es tal vez que sufra
ese destino
de no desear, pues puse el
alma ardiente
en alto sitio y tan
inútilmente
que no espero ni en caso
peregrino.
Si el corazón no tiene
compañía
ni encuentra caridad donde
apoyarse,
será porque no tiene de
qué honrarse...
pero eso el corazón no lo
sabía.
Y en esta condición
desamparada,
quiere él mismo ofrecerse
a cualquier cosa
como en patena de oro una
granada.
¡Ilusión desoída y a
destiempo!
Mas él de una esperanza
tal rebosa,
que, don esquíleo, lo
consagro al Tiempo.
I
Carne mortal, sosiega.
Carne mortal, escucha la
palabra
de la traición que aquí
en ti misma, labra
el término a que vas
altiva y ciega.
Pues la traición es tu
fugacidad
y tu ilusión engaño de
distancia.
Detente, ¡oh, carne! y
descoyunta el ansia
de esa tu fuerte alada
vanidad.
Mira cuánto amador yace en
la tierra
y cómo cruzan formidable
guerra,
fidelidad y olvido.
Y pues que has de morir en
plazo breve,
quiera serte el amor copo
de nieve
en lumbre de razón
desvanecido.
II
El término a que voy
ciega y altiva
no me sabe advertir, ni yo
me advierto:
sólo para morir la cosa
viva
halla elocuente la mudez
del muerto.
Y mi fugacidad el ansia
aviva,
como es más hondo y grande
el beso oferto
a punto de partir, así
despierto
de súbito febril e
imperativa.
Mi ceguera alargaba mi
paciencia,
y hoy la vista del fin
inflama urgencia:
ya no espero en silencio:
quiero verla.
Y pues que he de morir en
plazo breve,
la sola voluntad que me
conmueve
es el ansia sin fin de
poseerla.
Cargado tengo de riqueza
sorda
el cerebro confuso y
populoso,
que de conocimiento se
desborda,
inconsciente en su impulso
generoso.
La multitud de libros son
el parque
fastuoso y misterioso que
fatiga
mi ansia de conocer. ¿Qué
hay que no abarque
tanta codicia que a ignorar
obliga?
Ciencia que no me vale para
nada
pues no se cambia en pan ni
en buen consejo
ni en la amistosa plática
retrato.
Aún no sé comprender una
mirada,
ni sé si la altivez de que
me quejo
más que desdén es femenil
recato.
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