| II
¿Entonces sigue mi infeliz
suspiro
superviviente luz de
estrella ausente,
o los mirajes de mi propia
frente
como el viajero del
desierto miro?
¿Es una de esas formas que
un abrazo
ilusorio nos dan sólo en
el sueño,
sombra que nunca me tendrá
por dueño
será la gloria acaso?
¡Nunca! Mi corazón
inconsolado
bien sabe que ha pasado por
su lado.
Su presencia lo llena, como
a copa
el óptimo elemento. Está
en mi boca
su nombre que jamás se
parte de ella...
¡Tú no eres irreal,
aunque eres bella!
I
Cubra tu forma de ánfora
un sudario,
lleva en la mano el
arlequín de paja
del deseo difunto y
desencaja
de ti misma el impulso
pasionario.
Y anima en tu atavío
funerario
un pie de sombra, un paso,
así, en voz baja...
Vayamos al país de la
mortaja
y al sitio finalmente
hospitalario.
Vamos a ver la dama que con
metro
igual nos mide a todos.
Cuyo cetro
es la amapola erecta y
asfixiante.
Cuyos son el palacio y los
salones
con la base en la tierra
devorante
y con techumbre en las
constelaciones.
II
Surge una hoz en la
marmórea entrada,
blanca como el silencio... O
voi che entrate...
vosotros, mármol en que
nada late,
columna en tierra, espiga
cosechada...
En vez del huésped de la
rama, el trino,
grandes lágrimas vierten
los cipreses.
Alma, enmudece, que no
sirven preces,
ni vale el lloro donde
está el Destino.
Mira el rebaño blanco de
las piedras
tumbales, y pastores, a las
hiedras
quietos en la pradera
taciturna...
-¡Juventud!- ¡oh, qué
cosa llamas, alma!,
¿con gloria y tempestad
nombras la calma?...
Y en eso sonó un canto en
una urna.
III
En una antigua urna cantó
un grillo.
Decía: en la cabeza
de tu hermano
levanto un canto rápido y
lozano
y me sirve de atril cráneo
amarillo.
Por furtiva rendija entré
en la fría
caja; y entre los pálidos
despojos,
(¡maravilla de oídos y de
ojos!):
venciendo al Tiempo su
ilusión vivía.
¡Alegría fugaz de haber
vivido,
alegría fugaz, la he
recogido
como la abeja de la flor el
polen,
para que mis sonidos la
enarbolen;
y de ensueños del muerto
se hace el canto
que como musical pendón
levanto!.
IV
Cantaba: Salud, día
del verano
diáfano, salud mies
erguida y río
lleno de cisnes, y salud,
hermano
cuyo labio es corola con
rocío;
álamo ceniciento en el
camino,
novia en cuyo mirar tan
dulce y vago
copiado parecía mi
destino,
como refleja blanca vela el
lago...
Dijo así la ilusión sobre
aquel muerto.
Y alma, tú suspiraste:
el Hado quiera
que se alce un canto en mi
quietud postrera.
Y se prolongue mi poema y
yerto
lo que amé rememore, en la
canción
del Grillo, lira de
resurrección.
Hijo blanco y moreno de las
mieses,
pan nutridor, mi sangre te
incorpora.
Serás quizás al cabo de
los meses
la viva luz que mis pupilas
dora,
o en el cerebro el nervio
de la oda,
o en la garganta el hálito
vocal,
ya que la ley renovante
cambia toda
materia en expresión
espiritual...
Hijo triste y fatal de los
sentidos,
¡oh, amor! En esto acabas:
en canción.
Nada es estéril, no, ni la
ilusión,
ni el sueño, ni los
pétalos caídos...
Aun del mismo dolor de
haber amado
se hace el Arte un trofeo
conquistado.
¡Si fuera tiempo de
empezar la vida!...
En decisivo instante así
pensaba
cuando de iluso olvido
sólo esclava,
mi alma parecía redimida.
¡Mísera libertad!: ¿qué
me dejaba?
Me acordaba por quien tengo
perdida
la leve edad que al
porvenir convida
y el antiguo vigor que
levantaba
mi nombre entre los seres
argentinos.
Después decía, como quien
delira:
ama sólo a los pájaros
divinos,
a la divina soledad aspira
y a la azulada sombra de
los pinos...
Y la llamaba, como quien
delira.
Un príncipe va en selva de
laurel:
capa de seda, rosa en el
sombrero,
cincelado el arnés de su
corcel...
Cual de leyenda fue mi amor
primero.
Como la madre pobre que
sostiene
con el valor de su virtud
la casa,
la misma noble fortaleza
tiene
este ignorado amor que
inútil pasa.
Y es como alguna pálida
colina
que en la armoniosa calma
vespertina
parece hacerse toda
pensativa...
Pero mi orgullo que es la
sensitiva
que se repliega si la
tocan, guarde
cerrándose, este amor para
más tarde.
¿Dónde está aquella
audacia blanca y fuerte
que imperativa, enérgica y
audaz
tiraba un guante al rostro
de la Muerte
y este nombre tenía:
¡Siempre Más!?
La que de pie, la mano en
la cadera
y envuelta en el pendón de
su entusiasmo,
lumbre llevaba en la mirada
fiera
y en el labio enigmático
sarcasmo.
...Mal tiempo es éste para
el porte altivo.
El espíritu, vuelto
pensativo,
sólo quiere una cosa: que
lo olviden.
Como de lejos, sus palabras
piden:
¡déjame solo, déjame
soñar!
¡déjame solo, déjame
olvidar!
Hay quien pide razón
porque no llevo
el diapasón del general
clamor,
y porque no resumo en verso
nuevo
no mi vario dolor, sino el
Dolor.
Siento como a torrente la
conciencia
múltiple; siento a todos
que soportan,
dalmática de plomo, la
existencia...
Pero las multitudes ¿qué
me importan?
¿Qué me importan las
negras muchedumbres,
el tropel de las leyes y
costumbres
y el gran rumor de mar de
todo el mundo?
Pues mi motivo eterno soy
yo mismo;
y ciego y hosco, escucha mi
egoísmo
la sola voz de un pecho
gemebundo.
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