| Busque el que pasa tanta
noche clara fija en el cielo la mirada
ardiente,
la presentida huella de una
rara
estrella, acaso bella, pero
ausente.
Busque otro el áureo disco
dirimente
de toda unión, de todo
orgullo, vara,
aunque él le obligue a
recatar la frente
y a ofrecer margaritas a la
piara.
Que yo tallado en cedro
más diverso,
en cualquier estación o
instante adverso,
no busco nada más que una
mirada.
¿Qué no la encuentro? Es
esto poca cosa:
feliz soy por estar como la
rosa
esperando, sin verla, a la
alborada.
¿Oíste alguna vez,
desfalleciente
en la oración, un canto de
pastores,
cuya alegría entristeció
tu frente
por recordar amores?
¿Volviste alguna vez por
donde, niño,
la dicha te ha llevado de
la mano,
y ciego de tu edad, con su
cariño
fuiste otra vez...
sabiéndolo lejano?
¿Y solo, en tu silencio,
has repetido
la frase que ella habría
comprendido
y que has callado en vano?
Así recuerdo, mi memoria
es ésa:
junta está la belleza a la
tristeza,
como dos rosas en la misma
mano.
Despedirse de tanta, tanta
cosa
que me tuvo tan larga
compañía
y al fin y al cabo es lo
que más valía,
viéndolo bien, ¿no es
cosa dolorosa?
Porque yo escribo este
soneto y siento
que divido mi vida en dos
mitades:
una es de nube, se la lleva
el viento,
y otra es de tierra, toda
realidades.
Yo me pregunto si tendré
la fuerza
de olvidar tanto sin que al
fin se tuerza
la ilusión que es preciso
me mantenga.
Y de veras no sé, no sé
qué hacer...
Acaso nada, no sentir, no
ver,
y dejarse llevar por lo que
venga.
Mas ya que despedirse es
necesario
y puesto que éste es el
deber de ahora,
el alma, ¿por qué llora?:
¿no ve que despedirse es
necesario?
Y eso de estar viviendo en
puro engaño
no abraza bien con tanta
fuerza de alma...
¡Breve es la vida!
Llegará la calma.
¡Deje que pase un año y
otro año!
Y ya que despedirse es
necesario:
¡adiós rostro de amor,
mansión de gracia,
que sin quererlo ha sido mi
desgracia!
¡Y a mí mismo el adiós!
pues, solitario
me alejo en lo que fui...
¡Tanto que era!...
y es más, rayo de luna en
la pradera.
Tranquilo y majestuoso río
ha sido
mi Silencio en que nace mi
labor
como un nenúfar; y el
mejor favor
que me concedo es el pasar
sin ruido.
Y un igual sentimiento hay
en mi amor,
que por tranquilo nunca se
ha sentido,
que por callado todo lo ha
perdido...
Fui como en la tiniebla
blanca flor:
no alegra la mirada,
mas perfuma la sombra de su
olvido;
fui como el tiempo inánime
y silente
que está siempre con uno y
no se siente;
fui cual rayo de sol en su
vestido:
¡la tibia y áurea cosa
que no es nada!
Fin he puesto al tumulto
pasionario.
La tormenta sombría de mi
alma
se aclara en una
inmarcesible calma.
Y aquí estoy: ¡para
siempre solitario!
¿Esto es lo inevitable?
¡No! Yo he visto
que todos son felices... Yo
la pierdo.
El tiempo es de callar.
Sólo el recuerdo
recordará que existo.
Porque al fin yo me quedo
solitario.
Yo que el primero la
nombré con pena
y en vano la llamé. ¡Era
tan buena!
Y ahora, corazón, que el
funerario
custodio te custodie,
triste hiedra;
y ahora, corazón, hazte de
piedra.
¿Qué es esto: ayer no
más árbol desnudo
y seco, abandonado,
inmóvil, mudo,
de nuevo al cielo azul
joven te elevas
pomposamente lleno de hojas
nuevas?
¿Y aquellas ramas rotas
que tenías,
y aquellas hojas secas que
veías
como instantes caer,
adónde han ido?
Tanto antiguo dolor,
¿desvanecido?
Bajo la maravilla de hojas
verdes,
no lloras lo que pierdes;
retoñas en la misma
cicatriz
y flor se llama lo que fue
quebranto...
¡Comprendo cómo puedes
vivir tanto,
árbol feliz!
Te has ido y no te has ido;
te alejaste
!y nunca tan presente como
ahora!
En mi mirada estás cuando
te llora,
siempre te llora porque te
ausentaste.
Me basta ver la casa en que
viviste,
la puerta, el árbol
deshojado, el techo,
me basta preguntar: ¿qué
hay en mi pecho?
para verte otra vez,
pálida y triste.
¿Adónde podrás ir que no
te dejes?
¿dónde que no te vea,
aunque te alejes?
A tu lado quizás te
olvidaría,
pues siempre estoy con lo
que está lejano,
(lo sabes, juventud: fausto
de un día):
yo siempre estoy con lo que
está lejano.
Toma mi oro, pasajero, y
tú,
no importa qué mujer, mi
juventud.
Pues toda la riqueza más
querida,
mi riqueza mejor, está
perdida.
Y todo lo demás no importa
nada:
igual cosa es la hoja
marchitada.
Bellos ojos que amé no
veré más;
sus ojos no me mirarán
jamás.
¿Vivir? ¡qué pobre y
miserable cosa!
¡Que se lleve quien quiera
lo que soy:
nada es bello ni bueno
desde hoy!
Ya no salen estrellas ni la
rosa
florece, pues sus ojos he
perdido.
¡Si
ya no sé vivir!: ella se ha ido.
Todo esto es bueno y tiene
misteriosa
gracia. Y alrededor todo es
dulzura
y rebosa alegría cual
rebosa
la penumbrosa pérgola
frescura.
Como es su deber mágico
dan flores
los árboles. El sol en los
tejados
y en las ventanas brilla.
Ruiseñores
quieren decir que están
enamorados...
¡Dios mío, todo está
como antes era!
Se va el invierno, viene
primavera,
y todos son felices; y la
vida
pasa en silencio, amada y
bendecida;
nada dice que no, nada,
jamás...
pero yo sé que no la veré
más.
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