LITERATURA ARGENTINA    

                 

 

 

 

Busque el que pasa tanta noche clara

fija en el cielo la mirada ardiente,

la presentida huella de una rara

estrella, acaso bella, pero ausente.

 

Busque otro el áureo disco dirimente

de toda unión, de todo orgullo, vara,

aunque él le obligue a recatar la frente

y a ofrecer margaritas a la piara.

 

Que yo tallado en cedro más diverso,

en cualquier estación o instante adverso,

no busco nada más que una mirada.

 

¿Qué no la encuentro? Es esto poca cosa:

feliz soy por estar como la rosa

esperando, sin verla, a la alborada.

91.

¿Oíste alguna vez, desfalleciente

en la oración, un canto de pastores,

cuya alegría entristeció tu frente

por recordar amores?

 

¿Volviste alguna vez por donde, niño,

la dicha te ha llevado de la mano,

y ciego de tu edad, con su cariño

fuiste otra vez... sabiéndolo lejano?

 

¿Y solo, en tu silencio, has repetido

la frase que ella habría comprendido

y que has callado en vano?

 

Así recuerdo, mi memoria es ésa:

junta está la belleza a la tristeza,

como dos rosas en la misma mano.

92.

Despedirse de tanta, tanta cosa

que me tuvo tan larga compañía

y al fin y al cabo es lo que más valía,

viéndolo bien, ¿no es cosa dolorosa?

 

Porque yo escribo este soneto y siento

que divido mi vida en dos mitades:

una es de nube, se la lleva el viento,

y otra es de tierra, toda realidades.

 

Yo me pregunto si tendré la fuerza

de olvidar tanto sin que al fin se tuerza

la ilusión que es preciso me mantenga.

 

Y de veras no sé, no sé qué hacer...

Acaso nada, no sentir, no ver,

y dejarse llevar por lo que venga.

93.

Mas ya que despedirse es necesario

y puesto que éste es el deber de ahora,

el alma, ¿por qué llora?:

¿no ve que despedirse es necesario?

 

Y eso de estar viviendo en puro engaño

no abraza bien con tanta fuerza de alma...

¡Breve es la vida! Llegará la calma.

¡Deje que pase un año y otro año!

 

Y ya que despedirse es necesario:

¡adiós rostro de amor, mansión de gracia,

que sin quererlo ha sido mi desgracia!

 

¡Y a mí mismo el adiós! pues, solitario

me alejo en lo que fui... ¡Tanto que era!...

y es más, rayo de luna en la pradera.

94.

Tranquilo y majestuoso río ha sido

mi Silencio en que nace mi labor

como un nenúfar; y el mejor favor

que me concedo es el pasar sin ruido.

 

Y un igual sentimiento hay en mi amor,

que por tranquilo nunca se ha sentido,

que por callado todo lo ha perdido...

Fui como en la tiniebla blanca flor:

 

no alegra la mirada,

mas perfuma la sombra de su olvido;

fui como el tiempo inánime y silente

 

que está siempre con uno y no se siente;

fui cual rayo de sol en su vestido:

¡la tibia y áurea cosa que no es nada!

95.

Fin he puesto al tumulto pasionario.

La tormenta sombría de mi alma

se aclara en una inmarcesible calma.

Y aquí estoy: ¡para siempre solitario!

 

¿Esto es lo inevitable? ¡No! Yo he visto

que todos son felices... Yo la pierdo.

El tiempo es de callar. Sólo el recuerdo

recordará que existo.

 

Porque al fin yo me quedo solitario.

Yo que el primero la nombré con pena

y en vano la llamé. ¡Era tan buena!

 

Y ahora, corazón, que el funerario

custodio te custodie, triste hiedra;

y ahora, corazón, hazte de piedra.

96.

¿Qué es esto: ayer no más árbol desnudo

y seco, abandonado, inmóvil, mudo,

de nuevo al cielo azul joven te elevas

pomposamente lleno de hojas nuevas?

 

¿Y aquellas ramas rotas que tenías,

y aquellas hojas secas que veías

como instantes caer, adónde han ido?

Tanto antiguo dolor, ¿desvanecido?

 

Bajo la maravilla de hojas verdes,

no lloras lo que pierdes;

retoñas en la misma cicatriz

 

y flor se llama lo que fue quebranto...

¡Comprendo cómo puedes vivir tanto,

árbol feliz!

97.  

Te has ido y no te has ido; te alejaste

!y nunca tan presente como ahora!

En mi mirada estás cuando te llora,

siempre te llora porque te ausentaste.

 

Me basta ver la casa en que viviste,

la puerta, el árbol deshojado, el techo,

me basta preguntar: ¿qué hay en mi pecho?

para verte otra vez, pálida y triste.

 

¿Adónde podrás ir que no te dejes?

¿dónde que no te vea, aunque te alejes?

A tu lado quizás te olvidaría,

 

pues siempre estoy con lo que está lejano,

(lo sabes, juventud: fausto de un día):

yo siempre estoy con lo que está lejano.

98.

Toma mi oro, pasajero, y tú,

no importa qué mujer, mi juventud.

Pues toda la riqueza más querida,

mi riqueza mejor, está perdida.

 

Y todo lo demás no importa nada:

igual cosa es la hoja marchitada.

Bellos ojos que amé no veré más;

sus ojos no me mirarán jamás.

 

¿Vivir? ¡qué pobre y miserable cosa!

¡Que se lleve quien quiera lo que soy:

nada es bello ni bueno desde hoy!

 

Ya no salen estrellas ni la rosa

florece, pues sus ojos he perdido.

¡Si ya no sé vivir!: ella se ha ido. 

99.

Todo esto es bueno y tiene misteriosa

gracia. Y alrededor todo es dulzura

y rebosa alegría cual rebosa

la penumbrosa pérgola frescura.

 

Como es su deber mágico dan flores

los árboles. El sol en los tejados

y en las ventanas brilla. Ruiseñores

quieren decir que están enamorados...

 

¡Dios mío, todo está como antes era!

Se va el invierno, viene primavera,

y todos son felices; y la vida

 

pasa en silencio, amada y bendecida;

nada dice que no, nada, jamás...

pero yo sé que no la veré más. 

100.

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